Deconstruye | Ridiculum Vitae
400
post-template-default,single,single-post,postid-400,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,columns-4,qode-theme-ver-11.0,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.2.1,vc_responsive

Ridiculum Vitae

En mi ordenador tengo, ni más ni menos, cinco modelos de curriculum vitae. En el economato laboral y académico los títulos, certificados y años trabajados aquí y allá acreditan nuestra mayor o menor idoneidad como eternos aspirantes a algo, fundamentalmente un empleo. Años de estudio y esfuerzo; trabajos de medio pelo y de suplicio entero; maestros y maestras en el arte de coleccionar créditos mientras que miramos de reojo al B.O.E. para asegurarnos si vamos en la buena dirección, o tal vez hemos de cambiar la colección de papeles y empezar a recolectar otros distintos.

¿Quién gobierna nuestra vida? ¿A dónde vamos con tanto curriculum debajo del brazo? Por mi parte, reconozco que voy haciendo el ridículo, o más bien, el ridiculum vitae. Si el curriculum hace referencia a una carrera, que no sea la de obstáculos para brillar o sacar la cabeza. No hay más curriculum vitae que la vida puesta al servicio de la causa que humaniza; en ese recorrido, todos los seres humanos crecemos para dentro y nos dotamos de la sabiduría que nos dice, en palabras de Hannah Arendt, que la acción es el comienzo de alguien, no de algo. Corremos el peligro de que, coleccionando acreditaciones y haciendo las consiguientes fotocopias, se nos vaya la vida. Y a la vida hay que abrazarla y exprimirla amándola y dirigiéndola con alma, vida y corazón allí donde la historia, con sus rostros, nos compromete.

El ridiculum vitae te aboca a ser algo en la vida; y eso es importante, aunque limitado. Ciertamente, las necesidades básicas están en juego. El ridiculum vitae funciona para quien te ve desde fuera, pero no creo que nos llene a los que lo formulamos desde dentro. Es la puerta abierta a un striptease a veces tan inmoral como innecesario; es la mano que se mueve sin parar, como esos gatos de juguete que venden en los chinos y nos gritan: “¡aquí estoy!”. Y cuando en la entrevista de trabajo alguien nos mira, se detiene, comprueba que ese o esa de la foto soy yo, quizá hasta diga: ¡Vaya curriculum!, ¡qué brillante! ¿Y el C1 de inglés? … Y vuelta a empezar. Ridiculum.

Por su parte, el curriculum vitae que llevas impreso en tu condición de persona, te habilita para ser alguien, quien tú quieras ser en la vida; no lo que te han dicho que tienes que ser, sino quien tú decides ser y hacer; con quién caminar, dónde vivir. Es nuestro itinerario vital, aquel que no puede ser reducido a títulos y a cursos acreditados. Aquel que da respuesta a nuestras necesidades del alma, como dijera Simone Weil. Y estas necesidades son hondas e interiores; la primera de ellas tiene que ver con poner orden en nuestra vida, dotarla de sentido, en la certeza de que, aunque caminemos en la noche sin guía ni imágenes, nos cabe la esperanza de que no dejamos de pensar en la dirección que deseamos seguir. Ese curriculum vitae sí merece la pena. Y no admite fotocopias.

 

Luis Aranguren

No Comments

Deja un comentario

*

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies