Deconstruye | Las Figuras de la Pena
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Las Figuras de la Pena

El pasado 15 de noviembre tuvimos el encuentro en torno a las “Figuras de la pena”, con el que inauguramos oficialmente nuestra área “En femenino sinLugar”. Tres cuadros con tres rostros de mujer fueron el marco de un encuentro poético, artístico, filosófico y teológico. Gracias a la Fundación Entredós, pudimos encontrarnos como en casa, no solo por la intimidad del salón en el que nos encontramos, sino por las croquetas de Olvido, que crepitaban de fondo, entre la sinfonía de Mahler y el adagio de Barber.

No es muy común hablar de las propias heridas, del sufrimiento, en una sociedad en la que se nos exige siempre dar más, estar a la altura, llegar antes, ser mejores en lo nuestro. Las penas van quedando silenciadas por el camino. Todas estas exigencias entierran nuestras heridas, pero ellas residen ahí, detrás de nuestros ojos, de nuestros rostros apresurados y los labios sellados por el silencio o por la palabrería cotidiana. No es común, pero es posible y aquella tarde de noviembre nos embarcamos en la difícil tarea de recomponer la vida, a partir de la sabiduría que brota de la herida. Quienes allí nos encontramos, pudimos hermanarnos en el viaje hacia la verdad secreta que encierra toda vida.

La tarde comenzó con el recital de tres poemas de Cristina Migallón, con los que la autora nos recordó que hay momentos en que el pasado, o más bien los recuerdos, son más poderosos que nuestra propia presencia. En su segundo poema evocó el secreto que se aloja en la mirada de quien sufre. Ante el tercer cuadro se preguntó cómo es posible contener el llanto detrás de los (tus) ojos y ser silencio, a pesar del sufrimiento vivido. Tras esta contemplación poética de los tres cuadros, tuvimos tres momentos ante cada uno de ellos.

Nekane Legarreta y Ángel Viñas nos adentraron en la pena de Beatriz, partiendo de tres textos de Søren Kierkegaard, filósofo y teólogo para quien la mujer es maestra de vida. Encontrarse ante la pena puede ser un momento de sanación, pues aprendemos a vernos y escucharnos de otro modo. En la tragedia hay tristeza, pero también sanación. Kierkegaard eleva el deber de apenarse a la altura de mandamiento. Afligirse es verdadero y bello, pero no es lo mismo que desesperar. Ante los dolores de la vida tenemos el deber de apenarnos y de amar. El mandamiento nos fortalece, allí donde lo humano ha quedado devastado. Tenemos que aprender a apenarnos también de nuestros pecados. La pena que nace de la culpa solo se desata hallando el perdón del otro. Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Graciela Fainstein, desde su conmovedora experiencia de la tortura, narrada en su libro Detrás de los ojos, nos invitó a contemplar los ojos cerrados de Melissa, su mano sellando su boca. Su secreto, su silencio, su intimidad, tocan la de quienes la contemplan. Este cuadro habla de la caída desde el cielo de la primera infancia a un mundo en el que convivimos con monstruos del mal que nunca llegamos a imaginar y que, sin embargo, el ser humano ha sido capaz de crear. Cuando vivimos una experiencia devastadora, estalla nuestro mundo de certezas. Pero no podemos vivir sin un horizonte que nos envuelva, de modo que tenemos que reconstruir el puente que nos unía al mundo. En este camino, el olvido y el silencio pueden ser necesarios, aunque hoy en día se insista más en ensalzar la memoria. El rostro de Melissa expresa la profundidad de su dolor, pero en la oscuridad de sus párpados se anuncia un salto, una nueva luz: la posibilidad de expresar la pena después del silencio.

Rosana Hernández y Olga Belmonte evocaron, a partir de un texto de la filósofa Simone Weil, la voz de Antígona, condenada a muerte por enterrar a su hermano desobedeciendo las órdenes del Rey. La tragedia representa la posibilidad de desnaturalizar las normas, cuando cumplirlas es más injusto que no hacerlo. Las relaciones entre los personajes de la tragedia de Sófocles crean, en cada caso, un escenario político que plantea dilemas morales: ¿debemos cumplir siempre la ley, aunque sea solo por miedo? ¿Cuándo tiene sentido delinquir por amor? ¿Puede alguien considerarse Rey si nadie le obedece, si nadie reconoce su autoridad?

El lamento de Antígona tras su condena a muerte interrumpe la fuerza de la ley; logra, con su voz, quebrar los muros de la autoridad. Se trata de un grito político, de denuncia, reivindicativo, que no expresa tristeza, sino resistencia. Desde [D]Construye os invitamos a entonar, como el coro en las tragedias, las palabras de Antígona: “No he nacido para compartir el odio, sino el amor”. Ojalá que ésta sea, para cada ser humano, la única ley inquebrantable.

4 Comentarios
  • Cecilia Villarroel
    Posted at 16:44h, 17 diciembre Responder

    Hermosísima y profunda descripción del dolor pero también de la luz y la esperanza
    Enhorabuena!!
    Un abrazo fuerte
    Cecilia

    • Admin
      Posted at 19:09h, 17 diciembre Responder

      ¡Muchas gracias por pasarte por aquí, Cecilia! Fue una tarde de muchos aprendizajes y de mucha belleza en lo imperfecto y en la devastación… Estamos preparando los textos para publicarlos en la web y tenerlos a mano porque, sin duda, ¡hay que volver a contemplarlos!
      Más abrazos.

  • Maria José
    Posted at 19:55h, 17 diciembre Responder

    Enhorabuena, compañeras.
    Sentí no poder estar presente.
    Gracias por compartirlo.
    Espero estar en la siguiente.

    • Admin
      Posted at 10:56h, 20 diciembre Responder

      ¡Te esperamos en la siguiente, claro! Gracias por el comentario y por estar, aun no estando.
      Un abrazo.

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