Deconstruye | Prohibido dudar
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Prohibido dudar

Me pasaron un texto para corregir. En un párrafo de apenas seis líneas aparecía tres veces la expresión “sin duda”. Ahí me acordé del precioso ensayo de Victoria Camps, “Elogio de la duda”, publicado en 2016, en plena polarización de nuestra sociedad. En este escenario el libro ha pasado sin pena ni gloria. Dos años más tarde la polarización se acentúa, en su versión identitaria nacionalista, levantando barricadas que acunan las certezas con las que expulsamos a quienes no son como nosotros.

Más que nunca debiéramos permitirnos dudar; es decir, abrir una brecha de posibilidades ahí donde aparentemente el sí o el no y la disyuntiva  plantan sus reales anulando cualquier pregunta: “y esto, ¿por qué?” Acaso el célebre poema de Brecht en el que recomienda estudiar la historia cuestionando las verdades oficiales, sea la mejor medicina para combatir el exceso de certeza acumulada.

En un clima de polarización donde mi verdad es la única verdad, explorar el territorio de la duda permite ensanchar y asentar la razón cordial, que sabe de sentimientos encontrados y que se permite el lujo de no tenerlo todo claro. La duda planta su tienda  en el entre que se distancia de dogmatismos de uno y otro color. No reacciona, perfora la realidad preguntándola; se toma un tiempo, saborea razones, se lo piensa dos veces antes de soltar un exabrupto a las primeras de cambio. Aprender a dudar exige tomar distancia de perspectiva, para no conformarnos con lo dado y de este modo poder cuestionar hasta lo incuestionable. La sabiduría de la duda conlleva el ejercicio de la lucidez.

Cosa distinta es la actitud dubitativa que configura un tipo de persona indecisa o miedosa. El titubeo constante o el cambio de opinión permanente no es signo precisamente de ser una persona reflexiva. La duda requiere la gimnasia de la reflexión, no para instalarse en la inseguridad, sino para ponderar pros y contras y tomar las mejores decisiones posibles, más allá de los sentimientos que se encuentran a flor de piel.

Ciertamente, esta reflexión no comienza en cada instante de cero. Partimos de un núcleo vertebrador que da sentido a nuestra vida, aunque ese núcleo vaya transitando por contenidos y formas nuevos. Por eso, quien cree duda de su fe; hasta ese núcleo generador de vida da de sí y se va modelando no con el paso del tiempo, sino al compás de la experiencia vivida.

El ser humano tienta la realidad para vivir en ella. La experiencia -decía Zubiri- es la probación física de la realidad. Para vivir hemos de probar, tantear, ponderar. Y desde ahí vamos tomando decisiones; es decir, acertamos y erramos. Solo duda quien se sumerge a fondo en la experiencia del diario vivir y es capaz de sentir el vértigo del amor y del desamor, la pasión por explorar mundos nuevos, la inquietud ante cada nuevo paso a dar. La vida se nos brinda en cueros, como canta Serrat, y buena cosa será acariciarla y no pretender domarla.

La condición humana tiene más de barro moldeable que de acero inoxidable. Si aprendemos a dudar, quizá también aprendamos a vivir un poco mejor.

Luis Aranguren

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