Deconstruye | El sentido (en) común: reflexión sobre la comunidad
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El sentido (en) común: reflexión sobre la comunidad

El sentido (en) común: reflexión sobre la comunidad

Olga Belmonte | 

Las comunidades nacen de la inclinación del individuo hacia lo que no es él mismo, hacia el afuera. En la comunidad hay una apertura hacia la alteridad. Como afirma Jean-Luc Nancy, en ella el individuo se inclina fuera de sí, hacia el borde del “estar-en-común”. En la comunidad, la voz del individuo se declina en un nosotros que no siempre preserva su carácter singular. Es entonces cuando podemos caer en la colectividad anónima, en la que el sujeto siempre encuentra una coartada en el nosotros, para eludir su propia responsabilidad.

Weil vio en la organización de los partidos esta tendencia a negar a los individuos, pues se les exige que dejen su propia conciencia en la puerta, antes de entrar en la institución política, para regirse siempre por la “disciplina de partido”. Por esta razón afirma que “quien inventara un método que permitiera que se juntaran las personas, sin que se apagara el pensamiento en cada una de ellas, produciría en la historia una revolución”. ¿Es posible una comunidad, un colectivo, en el que poder expresar el punto de vista personal, sin que eso cuestione la pertenencia al grupo?

En las comunidades funcionales, cada individuo sirve para que la maquinaria funcione. Cuando el individuo falla, se le sustituye por otra pieza, para evitar un fallo del sistema. No se pierde nada, porque se gana eficacia. Hay otra posibilidad, que es crear lo que Derrida llama la “comunidad interrumpida”, en la que se interrumpe la disolución de cada singularidad: se interrumpe el sistema, para que el individuo no sufra.

Afirma J. -L. Nancy que la Filosofía y la comunidad tienen en común un imperativo: “no renunciar al sentido en común”. Convoquemos comunidades con relaciones interrumpidas, pues solo así cada persona que las integre seguirá teniendo voz propia. Construyamos una comunidad en la que la diferencia no cuestione la unidad, sino que quede trenzada en ella, sin caer en la uniformidad. Quienes conforman una comunidad interrumpida, lo hacen con temor y esperanza. Albergan un temor: ojalá no nos convirtamos en un nuevo gueto, en una nueva frontera entre las personas; y albergan también una esperanza: ojalá tendamos cada vez más puentes.

Estas formas de comunidad no son cerradas, ni están ya fijadas para siempre, sino que se deconstruyen a sí mismas, en diálogo con la alteridad que irrumpe. La voz que las representa no es uniforme, se expresa como una plurivocidad: una comunidad de voces entretejidas. Hay que escuchar la voz de cada persona (portadora de un testimonio) en la comunidad. Esa voz es la que puede introducir novedad en la comunidad y una grieta-apertura en el sistema del que formamos parte. Como dice Esquirol en El respirar de los días, “lo que de veras sacude el sistema no son los grupos o los movimientos antisistema, sino la profunda palabra del testigo. Al sistema le es difícil fagocitar el testimonio (…). El testimonio incomoda al sistema”.

La educación de los jóvenes es, en este sentido, el tiempo privilegiado para que aprendan a inclinarse hacia afuera, a abrirse a los otros y crear comunidades en las que seguir siendo quienes son, creciendo en el encuentro con la diferencia. En palabras de Weil: el principal valor de la educación consiste “en preparar para la vida real, en armar al ser humano para que pueda mantener con este universo, que es la suerte que le corresponde en herencia, y con sus hermanos y hermanas -cuya condición es idéntica a la suya- relaciones dignas de la grandeza humana”.

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