Deconstruye | El virus excel
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El virus excel

Por Luis Aranguren |

Uno de los rasgos de la vida desatenta es pretender encerrar lo vivo en celdas excel. El afán por registrar indicadores exactos que tratan de medir la realidad hace que se escape delante de nuestras narices posiblemente lo más apreciable, de modo que lo invisible y lo importante de nuevo se dan la mano y pasean a sus anchas sin que nos demos cuenta.

Ayer escuchaba a Juanjo Aguirre, obispo de Bangassou en Centroáfrica, cómo pasa los días recogiendo cadáveres mutilados de musulmanes y cristianos enzarzados en un odio sin límite.  Excava fosas comunes y ahí los entierra juntos. Es el único momento –dirá él- de cohesión social entre grupos enfrentados. Y junto a esta afirmación reconoce que tras estos entierros se queda solo en silencio, llorando y en compañía de las lágrimas de Dios. ¿Dónde caben esas lágrimas?, ¿en qué espacio estrecho podemos encerrar tanto sufrimiento?, ¿cómo registrar el odio y el perdón, la venganza y la mirada amorosa?

Necesitamos narrar nuestras historias cotidianas y que no caigan presas de mediciones homogeneizantes. Si un proyecto progresa, si una iniciativa social tiene valor, deberá contar con indicadores y registros. Claro está. La cuestión estriba en no absolutizar el instrumento, y que tracemos una “y” entre medios y fines. Y que perforemos la realidad no a golpe de número sino aportando palabra a la acción, sentido a lo que hacemos, para no quedarnos instalados en los datos, para poder abrazar el acontecimiento. De esa manera, además de indicadores podremos dar cuenta de aprendizajes, prioridades, errores, sinsabores y esperanzas compartidas.

El virus excel se nos cuela a través de tantas lecturas reduccionistas de la realidad. La econometría del dato y el tanto por ciento es un factor para tener en cuenta, pero solo eso. Detrás de cada celda excel que habla de pensionistas a la intemperie, inmigrantes rechazados o mujeres machacadas intentemos ir más allá del incremento en relación al mismo mes del año anterior. Porque es la misma vida la que nos habla y con la que hemos de conversar.

El sistema depredador, neoliberal en lo económico y plano en lo ético, necesita una ciudadanía excel, atontada por los datos. Por eso me inclino a pensar que quizá debamos hacerle un poco más de caso al word. Pensar, conversar y escribir el relato de lo que hacemos, vemos y vivimos. Quizá eso nos ayude a apreciar de la vida su lado sorprendente y sorprendernos, vertientes amorosas y enamorarnos, mestizajes asombrosos y colorearlos.

Mejor empalabrar la vida que no encerrarla en una celda. Existimos empalabrando, dirá Joan Carles Mèlich. La narrativa de la vida es impura, inacabada, sorprendente e imprevista. Por eso mismo no cabe en normativas morales, religiosas ni jurídicas. Deconstruir tanta celda que embota la mente, enfría el corazón y eclipsa el rostro sufriente se convierte en urgencia histórica. De lo contrario, encerraremos en una celda los versos de Pedro Casaldáliga:

Al final del camino me dirán:
—¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.

1Comment
  • Javier Sáez de Ibarra
    Posted at 11:21h, 03 abril Responder

    Excelente artículo
    Saint-Exupéry diría “lo esencial es invisible a los ojos”. Luis Aranguren nos dice: “lo esencial es inatrapable en las celdas”. Enhorabuena.

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