Deconstruye | Enterrar a Paco, desenterrar la vida
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Enterrar a Paco, desenterrar la vida

Enterrar a Paco, desenterrar la vida

Mencía de Zárate |

Dicen que Dios es el Dios de las sorpresas y que su paso por nuestra vida abre horizontes inesperados, ensancha el alma, inspira valor y confianza, engendra vida y libertad. Debo reconocer que yo, a pesar de que suelo andar por el mundo protestando, lo he podido experimentar en más de una ocasión. Momentos privilegiados, como el que viví este verano, en que las cosas se colocan y uno conecta con la vida.

El de Armenteira fue un viaje fugaz, disparatado, sólo por el placer de abrazar a mi amiga María Dolores y por la tranquilidad de verla bien asentada y feliz. Sin embargo, me bastó poner los pies allí para comprender que había aterrizado en un lugar mágico, único en el mundo, y que aquella visita no sería una cualquiera. Sería por la combinación extraordinaria de su naturaleza impresionante, de un verde intenso, del rumor del agua y de los árboles y de la historia de aquellos muros, pero fue, sobre todo, por el cariz de la comunidad, especialísimo, desconocido hasta entonces para mí. Su libertad, su alegría, su sencillez y su profundidad impregnaban el ambiente.

En la hospedería descubrí a personas sorprendentes, divertidas, comprometidas, muy vivas, algunas de ellas ya nuevos amigos. Gracias al hombre que preparaba el café, así se presentó él, me sentí inmediatamente alegre y distendida. Me sorprendí a mí misma riendo, también a solas, alto, muy alto, a carcajadas. Me sentía bien. Me sentía libre, confiada, esponjada, feliz. Me sentía viva. Sentí que algunas cosas, después de muchos años de búsqueda, de esfuerzo y de lucha se colocaban por fin. Celebré la vida. Di gracias a Dios y deseé dejarle hacer.

El hombre que preparaba el café tenía entre manos, me lo confió muy pronto, una misión extraordinaria en aquel viaje suyo. Enterrarían esos días allí, en Armenteira, parte de las cenizas de Paco, su muy querido amigo. Con Paco había viajado durante años a aquella tierra tan bella, a aquel lugar y a otros, que Paco le había enseñado a amar tanto. Me pareció, de pronto, que Paco también me había convocado a mí allí. Que yo, en realidad, estaba allí también para eso, para enterrar a Paco, para despedirle, para celebrar y agradecer su vida.

Hoy sé que hubo algo de cierto. Aquello que yo experimenté esos días, aquella felicidad, aquél gozo, aquél descanso, tuvieron que ver, en efecto, con el entierro de Paco. El hombre que preparaba el café enterró a Paco y, con él, yo enterré ideas, creencias, apegos que limitaban de forma muy importante mi vida. Aquellos días yo terminé de curar, por fin, heridas. Cerré etapas de mi vida que, en realidad, estaban ya muy muertas y que yo, sin embargo, por muy diversos motivos, no lograba soltar del todo. Hoy sé que aquellos días solté por fin. Que aquellos días pude agradecer, celebrar, alzar la mirada, esperar y sonreír.

Descubrir ese lugar me permitió volver a confiar en que yo también encontraré algún día un hogar, un lugar en el que yo pueda vivir realmente. Conocer a aquel hombre, el que preparaba el café, el que cada mañana rezó vigilias a mi lado, me permitió vislumbrar la posibilidad de que yo también pueda encontrar a alguien con quien compartir la vida. Quizás un hombre al que le guste rezar conmigo.

 

Armenteira

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