Deconstruye | Hacer pueblo en Madrid
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Hacer pueblo en Madrid

@ruralwoman |

Siempre he querido tener un pueblo y lo tengo. No es bonito, ni está cuidado. No tenemos edificios medievales, ni barrocos, ni construcciones de artistas modernistas. Tampoco grandes plazas, ni jardines. Casi no se nos entiende y no se apuesta por la cultura, pero en él vivieron mi abuela y sus dos hermanas, y tantas vecinas y vecinos con nombre propio, que hoy ya no están, pero que me enseñaron que existimos en relación y que una se transforma por la vivencia de encontrarse con un tú.

Mi mama Encarna, mi tita Dori y mi tita Carmela pronto me hicieron percibir lo importante que es echar raíces y tejer redes, cuidarnos y dejarnos cuidar, juntarse, enraizarnos social y culturalmente para no vivir como individuos aislados. Cada tarde se juntaban para tomar las hierbas que mi abuela conservaba en una talega colgada en el clavo oxidado del corral y que había recolectado mientras caminaba a duras penas, dando “cojitrancás”. Conversábamos durante horas, saboreando el tiempo sin tiempo, sintiendo y gustando de las cosas internamente. La liturgia vespertina concluía con el rezo del Rosario y las advocaciones a Lady Di, Rocío Jurado y Carmina Ordóñez, que mi tía Dori entrecruzaba devotamente con las de María, madre y esposa, salud de los enfermos, etc. Todas “rogaban por nosotras”,  mientras entre ellas se forjaba una comunidad de sentido en la que experimentaban el reconocimiento y la acogida en su centro más íntimo.  ¿Hay algo más vivificante y sanador?

Desde hace unos días me he mudado de nuevo a Madrid y la vida en la gran urbe es muy distinta. Murió el vecino, puerta con puerta, y ni nos enteramos. Por la noche los bancos se convierten en dormitorios improvisados de personas sin hogar, los pequeños comercios, en los que te llamaban por tu nombre, han desaparecido en favor de las grandes superficies y el bar de la esquina está repleto de mesas con un solo comensal, móvil en mano. La soledad puede levantar muros entre nosotros que ninguna red social puede atravesar… Aquí, por lo general, nadie te trae tomates del huerto. No está la Cipri, que te abre la tienda a cualquier hora si necesitas algo, ni la Paquita la peluquera, que se levantaba a las 5 de la mañana si hacía falta para peinar a todas sus clientas el mismo día de la boda, ni la Isabel y el Vinagres con los que sentarse al fresco en medio de la calle… Las ciudades grandes y la vida moderna, con sus ritmos de infarto, asfixian nuestros corazones y hacen que nuestras relaciones sean impersonales y utilitarias: nos servimos, nos usamos y nos desechamos, sin percibir que el amor nos rescata del anonimato de la masa y nos llama a la existencia. Más, incluso. Como decía E. Fromm “el amor es la única respuesta válida al problema de la existencia humana”.

Pero como dice mi querido amigo, de honda raigambre madrileña, Madrid se queda con todos y todas. Acoge, mezcla, no pregunta de dónde vienes. Madrid es sus calles, sus plazas, sus parques, su historia combativa y resistente por las libertades. Madrid se disuelve en los rincones del Madrid de los Austrias y en la armonía de Cibeles con Alcalá, en la serenidad del Retiro en medio del ruido y en la bondad de pisos tutelados para mujeres pasto de hombres embrutecidos, en el centro ensanchándose para que los peatones ocupen su lugar y en la periferia que siempre empieza por V de Vallecas. Madrid somos sus gentes y soy yo desde ahora. No siempre he valorado vivir en el pueblo, pero hoy tengo claro que vaya donde vaya quiero hacer pueblo, porque no nos salvan ni la nómina, ni el conocimiento, ni la política, ni seguir las modas o el fútbol, ni tan siquiera el dios de una religión; nos salva la proximidad y la mesa compartida.

Avivemos la amistad en esta ciudad, cultivemos las relaciones, imaginemos futuros posibles, construyamos un nosotros y nosotras inclusivo, capaz de anidar algún que otro prototipo de humanidad renovada. Aventurémonos a hacer pueblo en Madrid y allí donde estemos.

P.D.: ¡Gracias por la romería y el olivo!

La verbena de la Paloma en una corrala. Foto CIFRA. Año 1959.

8 Comentarios
  • Antonio Sánchez Perez
    Posted at 23:13h, 18 septiembre Responder

    Me encanta el artículo. FELICIDADES

    • Admin
      Posted at 09:12h, 19 septiembre Responder

      ¡Muchas gracias por tus palabras, Antonio! A seguir haciendo pueblo allí donde estemos, también en Canarias 🙂
      Un abrazo y feliz día.

  • Lola
    Posted at 15:18h, 19 septiembre Responder

    Me ha gustado mucho . Gracias

    • Admin
      Posted at 09:52h, 20 septiembre Responder

      ¡Gracias a ti por tomarte tiempo para leer, Lola!Un abrazo

  • Andrea
    Posted at 15:35h, 19 septiembre Responder

    Gracias por poner el corazón ahí dónde vas.. Porque no se quien lo decía…. pero allá donde vas, vas Tú.. Con toda tu mochila llena de recuerdos y vivencias.

    • Admin
      Posted at 09:59h, 20 septiembre Responder

      ¡Andrea! En eso de poner/ser corazón ahí donde vas y estás tú eres una maestra… Ciertamente, la mochila la llevamos, aunque sea invisible. Cada experiencia vivida nos deja huella y lo importante es que esta huella nos sirva para impulsarnos y crecer.
      Gracias por comentar.
      ¡Un abrazo!

  • Sonia Romero
    Posted at 23:03h, 20 septiembre Responder

    Gracias una vez más. No he dejado de sonreír en todo el relato. Grandes mujeres en tu familia. Gran reflexión para todos.

    • Admin
      Posted at 00:05h, 21 septiembre Responder

      Gracias a ti, querida Sonia, por estar atenta a estas formas de vida en los márgenes. Tienes razón, las mujeres que nos han precedido albergaban una sabiduría enorme que hemos de atesorar y transmitir a otras generaciones. Las personas que nos han ido dejando han sembrado algo suyo en nosotras que las hace estar vivas y que nos impulsa, en este caso, a hacer pueblo.
      Un abrazo enorme y que el nuevo año que acabas de estrenar sea mucho de atesorar, de ser casa y de dejar ir, para convertirte en lo que la vida te quiera regalar.

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