Deconstruye | Hasta que la muerte nos una
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Hasta que la muerte nos una

@RuralWoman |

Hace un año murió un vecino muy querido. Un infarto le robó la vida en cuestión de segundos, cambiando su suerte y la de sus seres queridos. Venía del hogar del pensionista, de jugar la partida y tomarse el “vaso vino” con sus coetáneos, como cada tarde, y se desvaneció repentinamente en el portal de su casa. Alarmados por los gritos de su mujer, enseguida acudimos los vecinos más cercanos, pero ya no había nada que hacer más que estar y guardar silencio. Lo siguiente es predecible… Le sucedió a él y en cuestión de semanas a mi tía Paquita, a otro vecino, al otro y al otro… ¿Por qué parece que la muerte es algo que siempre le sucede a los demás?

El horizonte de la vida es la muerte. La muerte es tan propia de la vida como el nacimiento y, sin embargo, una nunca se acostumbra a este trance ni se asoma a la muerte propia. Quizá sea más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, pero lo cierto es que aquí, en un pueblo pequeño con edades avanzadas y donde todos nos conocemos, la muerte no es una más de esas cosas que hemos desalojado de nuestras vidas. No es tabú –no puede serlo- un hecho tan indiscutible de la condición humana, a pesar de que la cultura de la seguridad, del éxito y del placer, pide la vez para quedarse también por estos contornos.

Cuando doblan las campanas, con su melodía fúnebre y su viejo tañer, no tardan en formarse corrillos a las puertas de las casas preguntándose temerosos a quién le habrá tocado esta vez. Hasta hace muy poco, el velatorio del difunto era en la propia casa. Se colocaba el féretro en el salón o en el dormitorio rodeado de sillas, que los vecinos iban ocupando durante toda la noche hasta la hora del sepelio. La muerte también crea comunidad. Aunque ahora vayamos al tanatorio, las mujeres no tardan en organizarse y la olla de caldo, los termos con el café, las galletas, los zumos y demás viandas, pronto están listas para hacer un poco más liviana la vigilia. Se escuchan retahílas, llantos y risas. Amigos y enemistados, jóvenes y mayores, socialistas, comunistas y populares, paisanos y extranjeros quedan unidos por la muerte y bajo el ataúd que portarán a hombros. Su rostro nos iguala. La fragilidad y la vulnerabilidad son la posibilidad para que acontezca el milagro.

Mientras el placer nos dispersa, nos di-vierte en el sentido de vertirnos hacia fuera, el dolor nos concentra, nos vuelve hacia dentro, haciendo que tomemos más conciencia de nosotros mismos. Olvidar la muerte nos introduce en la pendiente de lo inauténtico.  Prepararnos para la muerte tal vez debería ser una tarea, pero como para casi todo lo esencial, no tenemos tiempo… ¿O sí? Es la vida la que sabiamente nos “prepara para morir y conoce bien su oficio. Basta con escucharla, verla, seguirla”. Así lo expresa bellamente Madeleine Delbrêl:

Ella nos explica la muerte poco a poco,

o de golpe, según qué días.

Unas veces, sin hacernos ningún daño.

Otras, dislocándonos de dolor.

Unas veces, subrayando

nuestras pequeñas muertes cotidianas,

Otras, golpeándonos con la muerte de aquellos

a los que amamos más que a nosotros mismos.

La muerte se aprende cuando, al peinarnos por la mañana,

se caen los cabellos;

cuando perdemos el diente que nos ha dolido tanto tiempo;

cuando se nos forman patas de gallo;

cuando podemos decir,

al contar algunos pequeños recuerdos,

“hace diez o veinte o treinta años…”; (…)

La pérdida de alguien querido nos rompe, pero podemos celebrar el regalo de haber compartido la vida con quien nos ha dejado y sembró algo suyo en nosotros. Deconstruye tu forma de pensar la vida Y la muerte. Nacer y morir son dos aspectos diferentes de la misma dinámica de la vida. ¿Y si amar la vida implicase también aprender a morir y a dejar ir? Como dice el poeta agnóstico Ángel González, todo lo consumado en el amor no será nunca gesta de gusanos.

——–

Fotografía de la exposición Relatos del alma, de Danielle Van Zadelhoff. 

 

 

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