Deconstruye | El opio de la academia
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El opio de la academia

¿Quiénes forman parte de la Academia? ¿Personas sabias, docentes, con presencia pública, o irrelevantes? ¿Para ser una intelectual comprometida hay que formar parte de la Academia o permanecer fuera de ella? Ser más libres en nuestro pensamiento nos hace más libres en la acción. Cuanto menos libres seamos para pensar y decir lo que pensamos, menos capacidad tendremos para transformar el mundo en que vivimos.

Pero la libertad de pensamiento no es fácil de alcanzar, sobre todo en contextos en los que (pre)domina el pensamiento único y un único modo de reproducirlo. Esto es lo que se está imponiendo en el mundo académico en España (y en otros países), bajo el imperio de la mal llamada “calidad”, cuyo órgano de vigilancia es, en nuestro caso, la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación).

Se han asumido ciegamente dos supuestos que hay que cuestionar: (1) La calidad se mide en términos de cantidad; (2) Los criterios de calidad de las empresas pueden aplicarse al ámbito educativo.

Está claro que ninguno de estos supuestos puede aceptarse sin un coste muy grave para la educación y para el modelo académico que queramos construir. ¿Nos hemos preguntado seriamente si los modelos de gestión de calidad fueron útiles para las empresas o los Bancos en época de crisis o, más importante aún, si ayudaron a detectarla o evitarla? ¿Por qué asumir un modelo que ni siquiera sirvió para lo que inicialmente fue pensado?

¿Se puede escapar a la lógica de los mercados en la educación, si la gestión de los centros educativos en todos los niveles reproduce criterios mercantilistas? No olvidemos que ahora los alumnos y alumnas son “clientes”. De aquí a pensar que solo por pagar un título, el cliente tiene derecho a tenerlo – sin necesidad de cursarlo, hacer los trabajos oportunos o asistir a clase- hay un paso muy corto (que ciertas personas ya han dado).

Pero si algunas áreas de conocimiento consideran que esta forma de medir la calidad es válida, ¿por qué aplicarla ciegamente en todas? Como afirma Wittgenstein, no podemos jugar al ajedrez con las reglas del rugby; es decir, no todas las disciplinas académicas pueden expresarse y difundirse del mismo modo, pues su sentido, su objeto de estudio y sus métodos son distintos.

En la Academia actual es más importante aprender a citar que aprender a pensar y a transmitir con claridad lo que se piensa. Si sucumbimos a la dictadura del “impacto” académico, pagaremos con ello el precio de la irrelevancia social. Hemos llegado a un punto en el que la ANECA (y lo que ella representa) es el opio de la Academia, pues nos aliena: nos separa del mundo y de nosotros mismos.

Esto tendrá consecuencias nefastas, si perdemos la capacidad y el deseo de pensarnos a nosotros mismos como sociedad. Ojalá cumplir con “la norma” no implique dejar de cumplir con nosotros mismos y con las heridas del mundo. No nos extrañe que una disciplina académica que viva de espaldas al mundo termine viendo cómo el mundo le da la espalda y la considera prescindible. Tratemos de investigar y publicar para el mundo y para las personas, sin dar la espalda a sus heridas.

¿Es posible salir de la burbuja de las publicaciones académicas y mantenerse dentro de la Academia? Una mente lúcida se mantendrá viva y atenta a la vida; una vida responsable abrirá grietas que cuestionen las rigideces y la homogeneidad de un sistema ciego respecto del mundo. ¿Eres de las personas que, dedicándote al estudio, la investigación o la docencia, quieren formar parte de la sociedad sin darle la espalda? No renuncies entonces a la unión entre el pensamiento y la vida: actúa, resiste, [d]construye la Academia. Como afirma S. Weil, ser libre no es hacer lo que quieras, sino hacer lo que piensas.

 

10 Comentarios
  • Pedro José Cabrera
    Posted at 12:17h, 04 junio Responder

    Excelente reflexión. La suscribo al 100%

    • Admin
      Posted at 12:21h, 04 junio Responder

      Gracias, Pedro. Ojalá nos atrevamos a cuestionar y a cambiar lo que parece inevitable.

  • Silvia Bara Bancel
    Posted at 19:03h, 04 junio Responder

    Gracias por la reflexión, yo también estoy completamente de acuerdo.

    • Admin
      Posted at 19:38h, 04 junio Responder

      Muchas gracias, Silvia, por tu comentario y tu mirada deconstructiva.
      Un abrazo.

  • GARCIA VALDECASAS MEDINA, JOSE IGNACIO
    Posted at 19:13h, 04 junio Responder

    Gracias por la reflexión. Totalmente de acuerdo. Los criterios cuantitativos y economicistas se imponen en la academia y destruyen la libertad de pensamiento.

    • Admin
      Posted at 19:40h, 04 junio Responder

      Triste realidad, ¿crees que podemos hacer algo para evitarlo?
      Gracias por leernos y enriquecernos con tu comentario.
      Un abrazo.

  • Ricardo Pinilla Burgos
    Posted at 21:02h, 04 junio Responder

    Muchas gracias por esta reflexión tan necesaria, que suscribo, para usar datos, a más del cien por cien: Me explico, creo que opio es decir poco; yo diría que la ANECA y todo lo que conlleva y la impulsa es el CIANURO de la academia. O nos plantamos y pedimos su abolición ya, o la universidad se va a ir al garete, todavía más. Creo que la ANECA importa un modelo de sistema o estado fiscal o fiscalzante, que raya, ya no en un hipercontrol y anulación de mínima libertad educativa, sino que se plantea la imposible ciencia de registrarlo todo, al servicio de una presunta omnisciencia que velaría por un proceso perfecto, y que en realidad se traduce en acabar invirtiendo más tiempo en rellenar papeles, memorias y aplicaciones y tener en la frente a los inspectores de turno, que en mejorar mínimamente la calidad de la docencia, en tener un mínimo de tiempo para la reflexión de cómo queremos enseñar qué queremos enseñar, y de compartir los retos indudables que la sociedad de la información, entre otros factores, plantea cada día a la educación y a la universidad. Creo que no es simplemente una adaptación de la universidad al mercado, creo que es algo mucho más nefasto y absurdo. Dudo que las empresas, sean cual fueran, necesiten de una universidad acartonada y catatonizada por los procesos de revisión y legitimación constante de lo dado; creo que más que una lógica perversa o ajena, es una ilógica, una lógica absurda, que está acabando día a día con la vida universitaria. Ahora bien, no vale pensar sólo en los ideales que llevaron a instaurar una cultura de la calidad educativa, o un mecanismo de evaluación externa. Esos planteamientos seguramente eran muy nobles y bien intencionados, no lo digo con ironía. Creo que la gran perversión está en la interpretación reglamentista y fiscalizante de las pautas sobre la educación que se discutían en Bolonia, Dublín y otros encuentros en los años noventa. Habría que preguntar a quién interesa, al menos en nuestros pagos, una interpretación tan distorsionada; en qué momento, como bien dice el artículo, nos creímos que la calidad se podía simple y únicamente cuantificar en un percentil o porcentaje que luego pasa a interpretarse como un número ordinal y jerárquico cerrado: primero, segundo…nunca último por favor. Veamos la cultura de los concursos televisivos, ahí hay respuestas, esos concursos de jurados “durísismos”…¿por qué atráe tanto la cultura del ranking y la evaluación? ¿Ese infantilismo de quedar el primero o el segundo y medio? Eso lo dejo ya a los analistas sociales, o quizá a los psicoanalistas. Gracias por la reflexión y disculpad foro, este desahogo.

    • Admin
      Posted at 23:04h, 04 junio Responder

      Tienes razón, quizá sea más apropiado hablar de cianuro, porque más que adormecer a la Academia, esta fiscalización está acabando con ella (convirtiéndola en otra cosa). Ojalá estemos ante una burbuja académica que, como la inmobiliaria, se revele más pronto que tarde como la cortina de humo que es. ¿Cómo salir de ella? ¿Cómo no hipotecarse como investigadores, como universidad o como sociedad? Quienes no creemos en esta tiranía del impacto, ¿cómo podemos escapar a ella sin quedar al margen de la Academia? Por lo pronto, siéntete como en casa en este Blog, para estos desahogos y los que necesites.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  • Ricardo Pinilla Burgos
    Posted at 20:12h, 05 junio Responder

    Gracias! eso de la tiranía del impacto es muy, muy sugerente. El otro día en una reunión se hablaba del impacto social de la universidad como una ventaja. “También un asesino en serie tiene impacto social”, pensé, y llegué a decir. Deberíamos pensar las palabras: impacto es un sustantivo que implica golpe, violencia, instanteneidad, inmediatez.. Si el impacto es el criterio del éxito, es que a lo mejor nuestras vidas se empiezan a parecer a un “spot”, un anuncio: impacta, se consume en el efecto, si lo tiene, y, sobre todo; pasa… porque luego, viene otro impacto. Gracias por este magnífico blog y por vuestras vivas reflexiones

    • Olga
      Posted at 10:01h, 06 junio Responder

      Muy interesante reflexión. Hay que repensar conceptos como calidad o impacto, para tomar conciencia de lo que estamos haciendo y fomentando. Además, la ANECA no es un ente abstracto y sus acciones no son efecto de una mano negra. Detrás de todo esto hay personas, intereses económicos, estratégicos… Habrá que analizar qué estamos sosteniendo con este sistema de calidad. Al fin y al cabo, nos pasamos las horas haciendo informes de evaluación de artículos, evaluando a otras titulaciones, proyectos de investigación, auditando y autoauditándonos… son los propios profesores los que evalúan para las agencias de calidad ¿no podemos hacer algo para cambiar los usos y costumbres de todo este entramado?

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