Deconstruye | Aprender de la infancia: bendecir lo que fuimos, para acoger lo que somos
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Aprender de la infancia: bendecir lo que fuimos, para acoger lo que somos

Ángel Viñas |

En estos tiempos que corren puede ocurrir que los mayores quieran ser niños y los niños y niñas quieran ser mayores. Puede que nunca sea uno feliz. Incluso puede ser verdad lo que en El principito se nos dice: Uno nunca se siente bien en el lugar donde está – dijo el guardagujas. ¿Es la infancia y la juventud una enfermedad que se pasa con el tiempo? ¿La infancia aporta algo de luz para la vida de los adultos?

Los hay que idealizan la infancia. El tiempo de Navidad que estamos viviendo no sé si ha sido el mejor momento para comprobar esta tesis. Los hay que consideran a los niños y niñas seres inferiores, medio personas, irrelevantes para hablar de los temas serios o insensibles a las cuestiones importantes. Intuyo y sospecho que no hemos pensado con tranquilidad, y con babuchas, lo que nos pasa en la infancia. Igual hemos olvidado lo que allí nos pasaba, lo que sentíamos, llorábamos y reíamos. Me gustaría, con este pequeño texto, hacer un infantil comentario a una frase de Nietzsche. También desearía invitarte a ti, querido lector o lectora, a mirarte y mirar la infancia con más lucidez e inocencia.

Dice Nietzsche, ese filósofo que algunos consideran el origen de todos los males y otros el liberador de todas las opresiones: La madurez del hombre consiste en recuperar la seriedad con la que jugaba cuando era niño. Un niño o una niña cuando juegan hacen algo realmente misterioso. Jugábamos a los médicos, policías, maestras, enfermeros, albañiles, a ser agricultora, cura, astronauta, pintora, etc. Cada uno igual recuerda a qué le gustaba jugar. Pero lo que no podemos negar es que, cuando un niño o niña juega, lo hace con todo su corazón. Por eso, en la infancia es donde hemos podido llorar como nunca: cuando nos faltaba un juguete, cuando se rompía, cuando nos lo quitaban, etc. Creíamos que el mundo se nos caía. Rectifico: sentíamos que el mundo se nos caía.

En la infancia no teníamos siempre conciencia de lo que nos pasaba. No entendíamos que los adultos pudieran vivir sin jugar. ¿Qué va a ser más importante en la vida que jugar, soñar, sentir, mover el cuerpo, etc.? Nietzsche, ese filósofo que no es ninguno de los extremos anteriormente mencionados, nos dice que ojalá los adultos tuviéramos madurez, es decir, pudiéramos recuperar esa seriedad que teníamos en la infancia cuando jugábamos.

No se trata de jugar con la vida. Eso sería una posibilidad. Aquí no se bendice la frivolidad ni la irresponsabilidad. Tampoco la tiranía del presente que a veces encarcela el corazón de los niños y niñas. No se desea tampoco que seamos niños y niñas, y dejemos de ser adultos. Nietzsche era muy listo. A mí me habla de apasionarse con la vida, de disfrutar o sufrir con lo que toque en ese momento, de poder llorar y reír a partes iguales, de disfrutar mucho si juego con otro niño o niña. Quizá si viviéramos el tiempo como los niños, tendríamos menos depresiones y menos úlceras.

Termino con otra frase de El Principito: Todas las personas mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Tengamos compasión y paciencia con los niños y niñas. Agradezcamos la paciencia que tienen ellos con nosotros, los adultos. Nuestra vida les inquieta y les atrae a partes iguales. Miremos con bondad nuestra infancia. Ahora que recomenzamos a vivir este año que se nos concede, podemos retomar lo mejor de nuestra infancia y abrazarlo. Bendecir algo de lo que fuimos, puede ayudar a reconciliarnos con el presente. ¿Y si uno de los propósitos de este nuevo año fuera volver a mirar con paciencia y bondad el pasado vivido?

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