Deconstruye | Caminar: una travesía de encuentros
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Caminar: una travesía de encuentros

Olga Belmonte |

¿Cuánto hace que no disfrutas de un trayecto, de la posibilidad de caminar sin tener que llegar a algún sitio en concreto? Cuando caminamos nos encontramos cuerpo a cuerpo con el suelo que pisamos y con nosotros mismos. En algunos casos, también hay encuentros con otros, y con el Otro en mayúsculas. Podemos vivir conscientemente la experiencia de caminar, si el momento es reposado y elegido, si no es apresurado. Si lo logramos, puede ser una forma de reencontrarnos con la alteridad mundana, humana y trascendente. ¿En qué sentido?

Caminar es un modo de reconciliarse con la naturaleza, de recordar y retomar nuestra comunión con ella. Recorrer los senderos que se van abriendo paso nos permite disfrutar del tiempo y del espacio sin las urgencias cotidianas. Si seguimos este ritmo sereno que la propia naturaleza marca, ensayaremos la paciencia en su doble sentido: la capacidad de sufrir (los avatares del camino) y la capacidad de consentir la duración, de tolerar la espera. El encuentro con la naturaleza también nos hace humildes (palabra que procede de humus, que significa tierra). Ser humilde es reducir la carga de nuestra vida a lo elemental, acoger la propia sencillez y pequeñez, frente a la grandeza de la tierra que pisamos.

Caminar es también una oportunidad para reconciliarse con otros. Hay caminos que son una travesía de nombres. Encontramos en ellos huellas de nuestros antepasados, que dotan al camino de cierta densidad existencial. Las generaciones pasadas están de algún modo inscritas en el paisaje. Cuidar los senderos, cuando se desdibujan en el paisaje (o en nuestra mente), es mantener viva la memoria, para reencontrarnos con el pasado; es una forma de solidaridad intergeneracional, que nos mantiene vinculados a nuestros orígenes.

Pero en el camino también encontramos a otras personas. En este caso, si el encuentro da lugar a la palabra, podemos tener una conversación que nos haga habitables las afueras, que nos allane el camino. Al recorrer un largo camino, quizá hayamos necesitado ayuda, pero no lo reconocemos. Dejarse ayudar es también una capacidad, es un gesto generoso, que permite que el otro se dé. Como afirma Josep María Esquirol, si amar es ensanchar el cielo, ser amado es sentirse visitado por el cielo. ¿Por qué no dejamos que el cielo nos visite, también en la vida cotidiana? Ser solidario es rebelarse contra el sufrimiento del otro. Hoy en día hay muchas personas que necesitan esta solidaridad en el camino, es decir, la hospitalidad: aquellos que inician el camino de una manera forzosa. En este caso, no siempre nos rebelamos ante su dolor, sino que nos protegemos de él o lo ignoramos. Ser solidarios con quienes tienen que huir de sus hogares es ayudarles a trazar nuevos caminos en sus vidas.

Podemos decir también que caminando nos reconciliamos con nosotros mismos. La extensión y las posibilidades del camino no son nunca las mismas, dependen de él y de cómo nos encontremos (ya lo dijo Heráclito respecto del río). No hacemos nunca el mismo camino, si realmente estamos presentes en él, pues este depende del clima afectivo con el que lo recorremos. Pero si solo estamos atentos al lugar al que vamos o a la tarea que nos espera, ¿dónde queda la vivencia del camino? Nos perdemos los trayectos, porque se viven como una pérdida de tiempo. ¿Cuánta vida, cuántos aprendizajes podemos extraer de ellos? Caminar en soledad es una forma de hacer acopio de interioridad y recuperar nuestro centro de gravedad: reencontrar las fuentes desde las que actuamos y decidimos en la vida.

Finalmente, el camino puede ser una oportunidad para abrirse a la trascendencia, a lo Otro; puede ser una forma de peregrinaje espiritual (cuando no es esta ya para algunos, la razón del inicio del camino). El camino nos permite revisitar lugares interiores que a veces descuidamos, por vivirnos en la tarea, en la constante producción y utilidad. Caminar puede ser una ocasión para atender a lo que nos sostiene. Como afirma Le Breton en Elogio del caminar: «El caminar desnuda, despoja, invita a pensar el mundo al aire libre de las cosas y recuerda al hombre la humildad y la belleza de su condición. El caminante es hoy el peregrino de una espiritualidad personal, y su camino le procura recogimiento, humildad, paciencia; es una forma ambulatoria de plegaria».

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