Deconstruye | Declaración universal de los deseos humanos
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Declaración universal de los deseos humanos

Olga Belmonte |

No soy de expresar deseos, no por timidez, sino porque no se me ocurren. Pero este año termina enseñándome a desear en voz alta. Para este nuevo año deseo que no se me olvide lo que he aprendido: que lo que nos salva es la proximidad. La expresión la leí en Josep María Esquirol, pero este año ha sido una ocasión para vivirlo. La proximidad no es solo la cercanía física, nos salva el sentirnos prójimos, aunque no podamos estar juntos, y descubrir que el dolor del otro me conmueve. Es una experiencia que nos humaniza.

Este año me quedo con la palabra salvoconducto. Me gusta conjugar en plural las palabras de Ortega: “yo soy yo, contigo y nuestras circunstancias y si no las salvamos, no nos salvamos”. No podemos sobrevivir como seres aislados, la interdependencia forma parte de nuestra existencia, aunque se nos imponga la falsa meta de la autosuficiencia (no lo llamo sueño, porque es más bien una pesadilla). Este año he aprendido que salvar las circunstancias pasa por cuidarnos. Ser un salvoconducto es ser un bálsamo para las heridas de quienes tenemos cerca: ser prójimos unos para otros, entendiendo que el dolor de quienes más están sufriendo no puede sernos indiferente.

Este año he aprendido a esperar, a poner en barbecho estas Navidades, para poderlas disfrutar cuando las condiciones sean más favorables. Dice Miguel García-Baro que, cuando ya no quedan recursos, la paciencia es la libertad a la segunda potencia. Y desde esa libertad, decido atender a los ritmos que la vida nos pone delante, que nos recuerda los ritmos de la naturaleza, de la que también somos parte, aunque se nos olvide. He aprendido a esperar, a posponer, a quedarme sin palabras y no necesitar buscarlas, a comprender que el presente nos regala también otras cosas, aunque no estuvieran en nuestros planes.

Este año he aprendido también a traducir lo que sé hacer y aquello a lo que me dedico en un salvoconducto: en la posibilidad de llevar a los alumnos o a quienes nos leen a lugares interiores en los que no estaban. Quizá desde esos nuevos paisajes sientan que ellos y ellas también pueden ser parte de la solución a los problemas que puedan llegar en un futuro (no de los misterios, que esos no tienen solución y seguirán estando). He aprendido que hay muchas formas de contribuir a que la vida sea más fácil para quienes nos rodean. Cualquiera, desde su lugar y con sus dones, puede ayudar a que otros se sientan más acompañados y menos frágiles.

Le pido a este nuevo año que no olvide estos aprendizajes, ni los que me tenga reservados, porque estaré olvidando lo que significa salvarnos, cuando las circunstancias no son fáciles. Dice Kierkegaard que matar el deseo es cometer un suicidio espiritual. Que no aniquilemos nuestra capacidad de desear, porque nos permite ir más allá de nosotros mismos. Es una capacidad que tenemos todos, es universal, aunque lo deseado no coincida y desear sea más difícil en determinadas circunstancias. Pero más allá de que el objeto de nuestros deseos se parezca, lo que nos une es la capacidad de soñar con un año distinto, que es lo que en estos días no dejamos de desearnos. Ojalá nuestros deseos nos ayuden a vivir en un mundo más humano.

Como habréis intuido, esto no es una declaración universal de los deseos humanos, es más bien personal (quizá demasiado), pero creo que Gioconda Belli sí logró expresarla, en términos de sueños, en su poema Los portadores de sueños. Aquí va un fragmento y un enlace al poema completo:

En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo.
Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.
Pero los siglos y la vida que siempre se renueva
engendraron también una generación de amadores y soñadores;
hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.
Desde pequeños venían marcados por el amor. (…)
Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías
dijeron que sus palabras eran viejas
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso
es antigua al corazón del hombre. (…)
Estos especímenes no dejaban de soñar y de construir hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían,
se ayudaban en el arte de querer y en la defensa de la felicidad. (…)
La semilla de estos sueños no se puede detectar
porque va envuelta en rojos corazones
en amplios vestidos de maternidad
donde piececitos soñadores alborotan los vientres que los albergan.
Dicen que la tierra después de parirlos
desencadenó un cielo de arcoíris
y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto,
sabemos que la vida los engendró
para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

1Comment
  • Manel Bellmunt
    Posted at 16:37h, 31 diciembre Responder

    Olga, he sentido tu proximidad.
    Comparto tu deseo.

    Feliz año 2021!

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