Deconstruye | [Des]humanizar las instituciones
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[Des]humanizar las instituciones

Las Diotimas |

Continuamente nos relacionamos con instituciones, bien sea porque trabajamos en ellas o porque las necesitamos para organizar nuestra vida. ¿Cómo nos relacionamos con ellas y con quienes están en ellas? ¿Qué capacidad tenemos para mejorarlas o empeorarlas? ¿Hemos sentido alguna vez que podríamos crecer más o ser más, si nos saliéramos de ellas? ¿Qué estructuras son las más habitables? ¿Cuáles se viven como cárceles?

Para analizar las instituciones y las relaciones que son posibles en ellas podemos situarnos dentro o al margen de ellas, en el centro o en la periferia. Una mirada crítica y constructiva puede ser una forma de resistencia ante aquello que nos hiere, nos silencia, nos ignora… Y también puede ayudar a enriquecer la institución con la que nos identificamos personal, espiritual, política o laboralmente.

Dice Ernesto Sábato que “resistir es mantener la esperanza a modo de vela en la noche del mundo”. Así es: no hay resistencia sin una esperanza que la mantenga viva. En los estados totalitarios se intenta que las personas vivan resignadas, desesperanzadas, creyendo que nada puede ser distinto. Para una sociedad totalitaria (y también para las democráticas), la esperanza es subversiva. Creer que las cosas pueden ser diferentes es el primer paso para cambiarlas. La espera es un albergue que preparamos para lo nuevo, para que otra realidad sea posible. Seamos hospitalarios con lo que está por venir, alberguemos la esperanza, porque si no le damos cabida a lo nuevo, no llegará.

Tenemos que resistir, donde nos encontremos, en la tarea que desempeñemos o simplemente viviendo de otro modo: resistamos a la tentación de lo inhumano, al peligro de deshumanizarnos y deshumanizar las instituciones de las que formamos parte. Estemos alerta, pues fácilmente se instaura en ellas el imperio de la norma y la tecno-burocracia ciega, que nos recorta y encarcela: eres mientras produces, eres si dices lo que produces.

Las instituciones no son necesariamente malas, pero no pueden pensarse a sí mismas, para evitar su envilecimiento. Necesitan que las pensemos y para ello, hay que tomar distancia. Del mismo modo que el otro me hace de espejo para conocerme mejor, una persona que se aleja de la institución o está a las afueras de ella (porque se le invita a salir, se le expulsa, o porque decide distanciarse), puede dar una visión diferente, que le ayude a pensarse a sí misma como institución. ¿Qué criterios de eficiencia y calidad estamos asumiendo para determinar qué merece la pena y qué no, quién debe continuar y quién no, qué tipo de persona cabe y cuál no? ¿Son coherentes esos criterios con lo que la institución debería o estaba llamada a ser o, más bien, con lo que el mercado y las modas imponen como norma?

No siempre se puede tener una mirada crítica desde dentro, no siempre se tiene la suficiente libertad para cuestionar la institución de la que formamos parte o de la que dependemos. ¿Por qué no dar cabida a esta mirada crítica dentro de las propias instituciones? ¿Cómo evitar que se censuren las propuestas de cambio o se tergiversen, mediante sutiles “esfuerzos de moderación”?

Ojalá tengamos la valentía de tomar las riendas de una mirada crítica Y constructiva, aunque sea desde la resistencia anónima.Cambiemos las relaciones que nos duelen y nos envilecen, porque nos convierten en soberanos y súbditos. Habitemos el margen entre las instituciones y las personas, seamos la Y que las une o separa, de modo que podamos señalar y denunciar las prácticas injustas que las envilecen, proponiendo nuevas formas de humanizarlas.

Esta resistencia lúcida y esperanzada debe ser consecuente y tener consecuencias: no solo cabe indignarse, hay que comprometerse con el cambio. Como dice S. Weil: “aquellos a quienes se ha asignado como único papel sobre esta tierra el doblegarse, someterse y callarse, se doblegan, se someten y se callan solo en la precisa medida en que no pueden hacer otra cosa. ¿Habrá otra cosa? (…). El futuro lo dirá; pero ese futuro no hay que esperarlo, hay que hacerlo”. Hagámoslo: (de)construyamos las instituciones, para humanizarlas.

 

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