Deconstruye | [Des]lealtad
890
post-template-default,single,single-post,postid-890,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-theme-ver-11.0,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.5.5,vc_responsive
 

[Des]lealtad

Mencía de Zárate |

Curiosa exigencia la de la lealtad, que quien la reclama a otro no suele corresponderla. Muy al contrario, lo que hace, en realidad, es velar por sus propios intereses de forma coactiva. En nombre de la lealtad he visto ejercer, en demasiadas ocasiones, formas variadas de presión, más o menos sutiles, ante quien manifiesta algún tipo de resistencia, de juicio crítico o de opinión personal (que, por serlo, suele ser ya discordante), ante lo que “se” espera de uno. La sospecha de deslealtad se extiende, silenciosa, sobre quien ha osado no ya desobedecer, sino simplemente cuestionar. La lealtad sirve así de instrumento eficaz para llamar al otro (sea ese “otro” singular o colectivo) al orden.

Tan sobrevalorada está la lealtad, en mi opinión, en todo tipo de ambientes, no ya sólo en los profesionales (desde mi experiencia, es fácil reconocer, en quien apela a la lealtad, al “tirano” encubierto en despachos y salas de reuniones), sino también en otros más lúdicos (por ejemplo, hay quienes manifiestan sin pudor que lo que más valoran en la amistad es la lealtad -graciosa manera de hacer amigos-), que la posibilidad de ser tenido por desleal se representa como una amenaza capaz de frenar cualquier instinto de individualidad, cualquier impulso del “yo pienso” o del “yo siento”. La simple idea de resultar desleal a los ojos de otros (ya sean esos “otros” anónimos o conocidos) pone en suspenso al sujeto, que, prudente, espera, observa, guarda silencio y asiente a lo que dicte el superior, la institución, la tradición, la expectativa o la mayoría, tanto da.

Peligrosa virtud la de la lealtad, que quien se enorgullece de practicarla suele escudarse en ella para eludir el pensamiento crítico y el ejercicio de la propia responsabilidad. Hay quien, de tan acostumbrado a valerse y vanagloriarse de ella, ha abandonado ya toda pretensión de decidir por sí mismo y no sabe ya lo que piensa. No pone en cuestión lo dado y tampoco sabe ya cómo ponerse en cuestión a sí mismo. La lealtad sirve así, no sólo al buen fin de los intereses de otro (que acabarán, antes o después, por desconocerse y por no importar –“otros” sabrán mejor que uno-), sino a la proliferación de estructuras miedosas donde predominan la uniformidad y el anonimato.

Arriesgarse al estigma de la deslealtad es, desde luego, también una cuestión compleja y valiente en las distancias cortas, pues a nadie le gusta defraudar a quien quiere, respeta o admira. Pero, ante la disyuntiva, ¿lealtad a qué o a quién? Ésa me parece la verdadera pregunta. La lealtad puede ser un valor, pero ¿desde dónde construirla? Se me ocurre que el énfasis esté, no en la lealtad en sí, sino en el acuerdo y en el compromiso, en la comunicación y en el diálogo, ejercidos desde la libertad y la capacidad para responder por uno mismo y por el otro. Más interesante que establecer relaciones donde el paradigma de la conducta moral sea la lealtad, sería formar y promocionar sujetos libres, capaces de poner su libertad al servicio de otros, que aspiren a establecer relaciones de justicia.

No hay comentarios

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies