Deconstruye | [Des]velar secretos
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[Des]velar secretos

La palabra “secreto” procede del latín secretus, participio pasivo de secernere, que significa “poner aparte”. Lo secreto era, originalmente, lo que se apartaba en un lugar en el que no pudiera verse. En la actualidad, la palabra tiene muchas acepciones: cosa que se reserva u oculta cuidadosamente, conocimiento exclusivo de alguien, misterio, parte del cerdo o de un instrumento musical, de un mueble… Aquí nos interesa la dimensión política del secreto.

El secreto mantiene aparte, escondida, una información que puede ayudarnos a salvarnos en determinadas circunstancias. En ese sentido, puede ser una forma de resistencia frente a sistemas totalitarios o frente a relaciones en las que alguien quiere dominarnos. La gestión totalitaria, el control, necesita la revelación de secretos, las confesiones forzosas, para obtener información. La excesiva transparencia deja todo al alcance de la razón y del cálculo, permitiendo así el control y la vigilancia. Cuando todo se desvela, no hay misterio, que es precisamente lo que no puede dominarse.

Guardar un secreto es, en este caso, preservar la propia singularidad, la propia intimidad (e incluso integridad), frente a las relaciones en las que una persona quiere tener acceso a todos los rincones de nuestra vida y nuestra alma; o frente a la sociedad de la transparencia y la exhibición, que puede ser la antesala del control totalitario. Recurrir al anonimato o el uso de un pseudónimo, permite mantener la identidad en secreto, cuando revelarla nos pone en peligro o nos hace vulnerables.

Pero hay quien oculta su identidad para eludir la responsabilidad o para atentar contra la dignidad de otras personas. El secreto, en este caso, es perverso. ¿Cómo distinguir cuándo es ético el anonimato? ¿En qué casos hay que preservar un secreto y cuándo hay que revelarlo? El secreto no solo tiene una dimensión política, tiene implicaciones morales. Estamos acostumbrados a ver en las redes que el anonimato se aprovecha para decir todo lo negativo que no nos atreveríamos a decir con nuestro nombre. Pero también podemos aprovechar el anonimato para fomentar el diálogo, en lugar de la crispación; para decir verdades, en lugar de propagar mentiras; para contribuir al bien común, en lugar de buscar el lucro personal.

Hay un secreto del que se aprovechan las políticas de control, para negar y dominar las singularidades: aquél en el que lo que se silencia y se oculta es la injusticia, o la experiencia de quienes son considerados “fallos del sistema”; y otro, con el que se encubre la propia corrupción del sistema. Esos secretos merecen ser revelados; esa transparencia debe ser lograda, o más bien, en palabras de Esquirol: hay que alcanzar la claridad, que no es enemiga del misterio.

Hay secretos que merecen ser guardados, pero hay tabúes, “secretos a voces”, que deben ser nombrados. Cuando estos secretos se silencian o se esconden, estamos eludiendo nuestra responsabilidad como personas y como sociedad. El indiferente es incapaz de atender a las diferencias, a las desigualdades, porque todo le parece igual, todo le da igual. Como dice Esquirol, “el indiferente mira, pero no ve y, en consecuencia, todo le da igual”: “pasa” de todo; “lo contrario de ser indiferente es prestar atención”. Miremos a nuestro alrededor y atendamos a lo que ocurre, para nombrar las injusticias.

Cuando se trata de injusticias, nombrar (lo que es un “secreto a voces”) es hacer justicia. Como dice Levinas: la justicia es el derecho a la palabra, es dar voz a quienes no la tienen, porque no están aquí, o porque murieron, o porque sí están, pero no pueden arriesgarse a tomar la palabra públicamente. Hagamos un esfuerzo de atención cotidiano, escuchemos las voces de quienes no tienen el derecho a la palabra y démosles voz.

Esto es lo que nos proponemos con la publicación anual de Secreto a voces: Descargar volumen 1.

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