Deconstruye | El tiempo [con]sentido
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El tiempo [con]sentido

@Las Diotimas |

Dice Levinas que incluso en el silencio hay una palabra que nos une. En Deconstruye, durante estas semanas de confinamiento, hemos elegido el silencio como espacio para la palabra. Para que haya texto, son también necesarios los márgenes. Por eso nos hemos quedado al margen de la marea de análisis, diagnósticos, profecías, memes, desahogos…, que a veces ayudan a hacer la digestión de lo vivido, pero otras nos pueden indigestar y desolar. 

Este acontecimiento tan inédito que estamos viviendo nos ha hecho recordar lo que un día fue cotidiano, dándole un sentido nuevo e incluso echándolo de menos, cuando antes, quizá, nos resultaba tan monótono. El sentido de los actos cotidianos se redescubre cuando dejamos a un lado lo que creemos saber y lo que hacemos de forma automática. Esta crisis nos sitúa de lleno ante lo desconocido y ante ritmos y tareas desacostumbradas. Hemos pasado de no tener tiempo a ver cómo se acumulan las horas; de sentir que se nos escapaba el tiempo, a necesitar escapar de este tiempo.

¿Qué hacer ante esta experiencia? Darnos a los demás, llamarnos o saludarnos por la ventana, es un modo de cuidarnos y concedernos tiempo, también. Pensar requiere paciencia. Dice Catherine Chalier que la paciencia es la pasión de la duración consentida. Si llenamos este momento de atención y reflexión, podríamos decir que la paciencia es también consentir la duración con sentido; porque, si no lo hay ¿cómo ser paciente?

Las rutinas hacen habitable el presente. En El respirar de los días, Josep María Esquirol afirma que «los hábitos y la habitación proporcionan seguridad y refugio». Quienes hemos tenido la suerte de «quedarnos en casa», lo hemos comprobado; pero quienes no tienen una habitación propia o una casa propia, ni siquiera alquilada, viven este tiempo sin seguridad y a la intemperie.

Para tener paciencia, tiempo para pensar y esperar sin abismarse en el sufrimiento presente, se necesita un refugio. La paciencia de quien está a la intemperie está hecha de sufrimiento y resistencia. Quienes sufren denuncian la necesidad del cambio, pero tenemos que prestar atención a su relato, tomándonos tiempo para escucharlo. Ni el silencio desatento, ni nuestra indiferencia, ni la vuelta a la supuesta normalidad serán para ellos un refugio, pues solo la proximidad es ese hogar originario que nos salva.

Tener tiempo no despierta necesariamente la conciencia moral y el compromiso social; pero sin él, sin aprovechar el que ahora tenemos, no podremos asumir nuestra responsabilidad y responder. El compromiso es una llamada a habitar éticamente el presente, para humanizar las vidas de quienes hoy sufren y construir un porvenir más justo. Hannah Arendt considera que las promesas son «islas de seguridad en un océano de inseguridades». Prometámonos un futuro en el que la vida sea vivible para todos.

El regreso a la vida cotidiana será difícil, pero lo será todavía más si va acompañado de la pérdida. Morir interrumpe la propia vida, pero también interrumpe el ritmo vital de quienes sufren la pérdida, porque una parte de nosotros muere con cada persona querida que nos deja. Cuando retomemos las actividades diarias, nuestro ritmo ya no se acompasará con el de quienes se fueron. Nos viviremos desorientados, quizá encontrando refugio en su recuerdo y habrá que ensayar nuevos ritmos, nuevos hábitos y nuevas formas de habitar.

Démonos tiempo para afinar brújula, oído y olfato. Puede que esta prórroga «en el banquillo» no cambie nada o puede que estemos,  sin saberlo, en los comienzos de una nueva era. Puede que sea demasiado pronto para analizar la «caja negra» de esta caída del sistema y para entender su alcance y su calado. En cualquier caso, creemos que sí es tiempo para detenernos y atender a las preguntas que quizá estén ya resonando en nuestro interior; bien porque, sin saberlo, ya tenemos las respuestas; bien porque, al mirarlas a los ojos, ganamos en libertad; o bien porque es ineludible dejarnos cuestionar e incluso, en palabras de Rilke, «Amar las preguntas»:

Ten paciencia con todo aquello
que no se ha resuelto en tu corazón
e intenta amar las preguntas por sí mismas,
como si fueran habitaciones cerradas
o libros escritos en una lengua extranjera.

No busques ahora las respuestas
que no estés preparado para vivir,
pues la clave es vivirlo todo.

Vive las preguntas ahora.
Tal vez las encuentres, gradualmente, sin notarlas,
y algún día lejano llegues a las respuestas.

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Ideas para iniciar la reflexión:


  1. ¿Qué ha sido para mí «aprovechar el tiempo» durante estos días?
  2. ¿Qué valor han tenido para mí los gestos comunitarios como los aplausos, las cadenas de solidaridad, etc.?
  3. ¿Qué formas de cuidado he descubierto o he echado de menos? ¿Cómo seguir cuidándonos para no descuidarnos en el futuro?
  4. ¿Cómo me he relacionado con los mensajes que recibía a través de whatsapp o RRSS? ¿Me han acercado o alejado de mi gente? ¿Qué tono vital me han generado?
  5. ¿Cómo puedo prepararme para «retomar» la vida dentro y fuera de casa?
  6. ¿Cómo hemos dicho adiós a nuestros seres queridos fallecidos en este tiempo? ¿De qué forma me ayudaría tener un gesto para celebrar su vida, cuando podamos salir de casa?
  7. ¿Qué pensaba que me iba a traer el confinamiento, pero no me ha traído? ¿y al contrario?

 

9 Comentarios
  • Fernando Pamos
    Posted at 16:11h, 03 mayo Responder

    Hola a todos.
    Yo no creo que el mundo vaya a ser mejor después de.
    Me preocupa mucho más que la pandemia el clima político.
    Me da pánico. Me hace mucho daño.
    Yo viví la pandemia del SIDA en primera persona y como era algo de “drogadictos”, “maricas” y demás, no preocupaba a nadie.
    Ahora los honorables padres de familia se rebelan contra esta situación porque ellos no son “pecadores”.
    Veo las caceroladas, las salidas brutales de tono, las ansias de golpes de estado, el cinismo y cómo se apropian de los muertos y desespero.
    He tenido que dejar la lectura de la prensa para no enfermar.
    Y no es porque sea precisamente una persona pusilánime, sino porque veo lo peor del ser humano en ese huevo de la serpiente del racismo, el odio al pobre y al ideológicamente distinto que se ha incubado.
    Pobre España.
    Este es mi sentir.

    • Diotima de Mantinea
      Posted at 12:33h, 04 mayo Responder

      Gracias por tu comentario, Fernando.
      Tienes razón al señalar que hay un clima político que no ayuda para que la situación mejore. Es poco lo que podemos hacer para no deshumanizarnos como sociedad, pero nos podemos aferrar a esos pequeños gestos: no alimentar ese odio que está extendiéndose, no aumentar la tensión, tratar de centrar la mirada en lo que nos une, dejar de leer (y compartir), como dices, lo que crispa el ambiente,…

  • ana patricia santaella
    Posted at 17:48h, 03 mayo Responder

    Hola, muy interesante vuestras propuesta de debate y reflexión. Nos importan a todos. Mi ciclo de encierro ha conllevado estupor, desesperación, calma, serenidad y regreso a la ansiedad controlada para no anular mis propias fuerzas y poder ayudarme y en consecuencia tratar de ayudar a otros. Lo resume este texto escrito durante la cuarentena.
    IMPOTENCIA
    Declaro mi impotencia,
    nítida e inerme,
    expresándose, rebelándose
    en el desfile incontenible de las horas
    y las noches.
    Espantando
    al igual que vosotr@s,
    lo que da pavor,
    lo que genera un terror incontenible.
    Buscando
    una brizna de fuerza
    rutilante y verdadera,
    sin huidas, sin retrocesos, sin mentiras.
    Humanamente solos
    y a la vez protegidos
    bajo el aliento anónimo
    de una tabla salvadora en el mar de la desdicha,
    bajo el amparo de una fugaz sonrisa no esperada,
    como niños indefensos que regresan
    al punto lejano de partida,
    a la niñez de la inocencia.
    Ana P. S.

    • Las Diotimas
      Posted at 12:38h, 04 mayo Responder

      Gracias, Ana Patricia, por compartir con generosidad tus paisajes interiores de este tiempo. Nos parece un texto precioso. Nos unimos a esa impotencia que se rebela, en esa soledad que nos une; a las sonrisas que nos amparan,en la niñez inocente. Gracias por nombrar lo que sentimos estos días de cuarentena.

  • Lola García Machuca
    Posted at 22:43h, 03 mayo Responder

    Buenas noches, hace mucho escuché esta frase: “ Tiempo al tiempo”… Durante este periodo ha sido, junto al crecimiento de mí Fe, la forma de pasarlo. No quiero pensar en lo que va a pasar, solo quiero cerrar mis heridas personales, y vivir el presente como un regalo, el resto el tiempo lo dirá. Muchas gracias por el post. Un abrazo 🤗

    • Lidia Troya
      Posted at 14:47h, 09 mayo Responder

      Querida, Lola,
      Gracias por asomarte por aquí.
      El confinamiento hace que nos asomemos también a lo más profundo de nosotras, a veces herido, pero, como dices, el tiempo y la resistencia –íntima- nos hacen permanecer y seguir confiando en la fecundidad de las propias acciones, aunque los frutos no sean inmediatos 🙂
      ¡Seguimos!
      Un abrazo enorme.

  • Carmen Grande
    Posted at 16:08h, 06 mayo Responder

    «Nos acostumbramos a todo…», se repetía esta frase, sobre todo al principio del confinamiento. Pero quizá ignorando así que también había un lado bueno en esa situación: teníamos tiempo, no había prisas para nada, y el bombardeo sensorial que supone la rutina de un día laborable en una ciudad bulliciosa desapareció de pronto. Se nos abrieron otros sentidos; o quienes nos movemos mal en el mundo reflejo de la rutina ajetreada y disponemos de otros recursos más a mano nos empezamos a sentir en un mundo más a nuestra medida. Así lo han confirmado también «el comportamiento ejemplar» de los pacientes psiquiátricos de una familiar mía; lo bien que se ha sentido otro amigo, enfermo crónico y grave de larga duración, que ha podido vivir sin el estrés de las revisiones médicas programadas: ¡y se ha encontrado mucho mejor!, «como si se hubiera ido por una temporada al convento de …,» su pueblo de origen, y otros amigos queridos diferentes.
    No, no me olvido de lo mucho de negativo y duro, que también lo ha habido y lo va a haber por tiempo, ni de las desiguales condiciones en cómo se ha estado confinado y en cómo va a repercutir el parón económico. Pero, en cualquier caso, también somos y estamos quienes nos ha valido de respiro de un mundo que parece siempre demandar de nosotros mucho más de lo que está en nuestra mano dar.

    • Olga Belmonte
      Posted at 11:52h, 08 mayo Responder

      Gracias por tu comentario, Carmen.
      Como bien dices, es una situación negativa, pero en la que también asoman experiencias y lecturas positivas, sobre todo para quienes no encajaban en el ritmo acelerado anterior. Hay personas que reconocen en este parón, en esta interrupción propia de los acontecimientos, la oportunidad para revisar las rutinas anteriores. Ojalá encontremos ritmos de vida más humanos, que nos permitan también humanizar nuestro modo de relacionarnos.

  • Pablo Velado
    Posted at 13:49h, 23 mayo Responder

    El tiempo no es solo para producir sino para estar y para ser. Por eso me llega mucho el mensaje del post sobre tiempo cosentido. En esta etapa se ha deteriorado lo comunitario porque sin la presencia física es muy difícil darse, comprender y ser comprendido, compartir y hasta comunicarse. Sin ritos, sin contacto, ni celebraciones también es más difícil comunicar alegría y vincularse como comunidad. Se pueden hacer algunas cosas: llamar más a los amigos, escribir, detalles digitales, palabras de ánimo o de risa, conocer a vecinos de balcón, etc. Pero se anhela lo comunitario.
    Quizá este anhelo sí nos sirva para valorar más lo común y lo convivencial y buscar más la unión cuando salgamos de casa. Ojalá seamos más solidarios con quienes no tienen recursos ni compañía. Seremos más conscientes de que la dimensión comunitaria es una necesidad y una maravilla humana que no puede compensarse con ninguna forma de individualismo autosuficiente.
    Saldremos del confinamiento y puede que el dolor nos haya llevado a unirnos más. ¡Ojala!
    Por suerte el estado de alarma ha reducido el consumo, con la dosis de ansiedad (o placebo) y la inversión (o derroche) de tiempo que conlleva. A menos consumismo más disfrute inmaterial: comunidad más grande y fuerte. Me alegra ver cómo sin consumismo, mucha gente vuelve a lo sencillo. En ese sentido, el encierro libera.
    Aunque también a menos consumismo, más desempleo si no bajan los precios de la vida o no se adapta el mercado de trabajo.
    ¿Y qué me ha pasado a mí? Por primera vez desde que era un niño me sobra tiempo y a veces no sé qué hacer con él. He arreglado mi casa, he hecho muebles, he jugado a las cartas, he hecho deporte y he escrito mucho; he fortalecido la convivencia con mis compañeros de piso y he disfrutado con ello. He cuidado por teléfono y me han cuidado. Son realmente muchas actividades, pero me siguen viniendo deseos de hacer más.
    No poder ver a tus sobrinos recién nacidos, ver que se abandona a los mayores y ver que pasan al anonimato personas muy cercanas que tenían enfermedades anteriores muy graves, pero que no son el COVID. Es muy doloroso.
    También la pandemia refleja lo peor de la falta de humanismo. En una etapa sin consumo en la que nos dedicamos a ser no pueden seguir triunfando los mensajes de estilo publicitario. Me duele que se engañe y manipule con informaciones hipócritas e interesadas, con posverdades que son enormes mentiras. Que siga primando el interés personal (mediocre), frente al compromiso y la autenticidad. Que se haga un uso avieso de la inteligencia y se abuse del poder. Quizá los escaparates mediáticos empujen a eso: golpear pase lo que pase.
    Pero no somos productores ni competidores: somos un pueblo de personas que sienten, se relacionan, se apoyan y quieren progresar juntas. Menos mal que hay espacios de reflexión. Gracias, Diotimas.

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