Deconstruye | Festival de Filosofía Extramuros
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Festival de Filosofía Extramuros

«Una ciudad respira cuando hay en ella espacios para la palabra»

Michel de Certeau

Este año la Asociación Deconstruye ha decidido despedir el verano con el Festival de Filosofía Extramuros. Generar espacios para la palabra es abrir una ventana en la ciudad para respirar. Con esa idea de fondo nos hemos encontrado durante tres tardes, en tres lugares distintos de Madrid, para poner una Y entre la filosofía y el sector social, conversando sobre la aporofobia, los vínculos y la identidad. Cada día, dos personas invitadas iniciaban la conversación, en la que después participaba el público.

Han sido tres encuentros en los que hemos aprendido, hablando sobre el modo en que nos relacionamos y nos percibimos. Como decían algunas personas que asistieron: nos hemos nutrido del saber y las experiencias compartidas (y de las tortillas del último día). En esta crónica recogemos parte de lo que allí se dijo, para que podamos seguir reflexionando y generando nuevas conversaciones a partir de los temas que surgieron. Este texto es una invitación a continuar la conversación, cada uno en su entorno más próximo.

Para analizar el modo en que nos percibimos como sociedad, y cambiar así la forma en que «nos leemos», es importante partir de los prejuicios, entendidos como ideas preconcebidas que se nos adhieren, porque nos dan seguridad y nos hacen sentirnos fuertes en nuestra contingencia. Los prejuicios tienen raíces psíquicas oscuras, indescifrables, que anidan en el inconsciente, por eso son tan difíciles de reconocer y de superar, pero es importante atender a ellos, si queremos mejorar nuestras relaciones. En el origen de los prejuicios está el miedo y el rechazo al otro. El miedo mal gestionado siempre se proyecta sobre el otro.

El prejuicio también se construye y se refuerza con las generalizaciones, que son muy peligrosas. La generalización es un insulto a quien no es así. No actúan colectivos, sino individuos, pero culpabilizando al colectivo se alimenta el prejuicio, también respecto de cada individuo. Ni la buena voluntad ni la buena educación nos liberan de los prejuicios. Son inevitables, pero sí podemos tratar de analizarlos y cuestionarlos, esa es la invitación del Festival. ¿Qué prejuicios tenemos? De ellos depende nuestra capacidad de vincularnos, desde nuestra propia identidad.

17 de septiembre: Biblioteca Luis Rosales (Carabanchel)

Conversación sobre la aporofobia, con Nuria Sánchez Madrid y Pedro J. Gómez Serrano. Modera Luis Aranguren.

Nos cuesta pensar la sociedad y sobre todo, a los excluidos, por eso en Filosofía los conceptos para pensar lo social llegan tarde. Éste es el caso del concepto aporofobia, que nombra una realidad presente mucho antes de que Adela Cortina la reconociera. En la Antigüedad, el pobre era considerado un héroe, porque decidía tener una vida al margen de la polis. En la Edad Media, la pobreza se sacralizó, al considerarla un camino hacia la fe. En los años 30 y 40 la pobreza no se relacionaba con la culpa, como sí se hace hoy. Fue después cuando la pobreza comenzó a generar rechazo. Hoy rechazamos la pobreza en parte porque nos dice dónde no queremos estar. Otros rechazan al pobre porque hay competencia por las migajas: quienes tienen dificultades perciben como una amenaza a quienes son pobres.

La meritocracia incide en el rechazo al pobre, porque entiende que cada persona tiene lo que se merece, obtiene el fruto de su esfuerzo. Esto se acepta por lo general, porque no hacerlo sería reconocer que lo que se tiene no se ha ganado con esfuerzo. Branko Milanović afirma que solo un 25% de lo que tenemos se debe a nuestro esfuerzo; el 75% se debe al azar, a la familia a la que pertenezco, a la herencia social (el paquete social disponible en el lugar en el que he nacido), a si he nacido o no con una discapacidad o si tengo una enfermedad. Tener en cuenta esto cambiaría el discurso del rechazo al pobre, porque no tiene la culpa del 100% de su situación. No todos tienen solo lo que se merecen.

Los vínculos se generan porque nos necesitamos, hay una interdependencia básica, pero también un resentimiento. Necesitamos al otro, pero a la vez nos da miedo, por eso en nuestras relaciones también hay violencia. Hay que gestionar de algún modo esta violencia. La política siempre se aprovecha de ella y de los prejuicios para administrarlos en su beneficio. Las nuevas tecnologías favorecen este alejamiento del otro, e incluso pueden llevar a lo que César Rendueles ha llamado la «sociofobia».

En los países más ricos se vive más desvinculado, de forma que los problemas de otros no se viven como propios. En el último informe sobre exclusión y desarrollo social en España (Fundación FOESSA) se analiza este fenómeno. Se han adelgazado los vínculos y ya no hay tribu para cuidar a los pequeños, los mayores y las personas dependientes. Cuidar forma parte de la vida, igual que el comer, por lo que reconocer la interdependencia es fundamental. El individualismo genera una solidaridad restringida, que lleva a cuidar solo a los que son como yo. Nuestras sociedades han relegado la tarea de cuidar a las mujeres. Esto implica que ser mujer y pobre sea tremendo, sobre todo si se tiene que cuidar a descendientes o ascendientes.

Ser pobre es no poder proyectar la vida, porque se está luchando por vivir cada día. El pobre no puede invertir en sí mismo ni en los demás, solo puede sobrevivir. A. Smith decía que ser pobre es tener vergüenza de aparecer en público. La pobreza impide participar de lo común. ¿Es la pobreza un problema solo del pobre o un problema colectivo? Si es un problema colectivo, la respuesta ha de serlo también y pasa por regenerar nuestros vínculos y recuperar la solidaridad, que consiste en rebelarse contra el sufrimiento del otro.

18 de septiembre: MediaLab-Prado

Conversación sobre los vínculos, con Josep María Esquirol y Susana Moliner. Modera Olga Belmonte.

Hay formas de proceder y de vivir que consideramos más pertinentes que otras. La mirada atenta es un método, un camino de acceso a la realidad que contrasta con el de la mirada totalizante o sistémica, propia de la ciencia y que se ha trasladado a las ciencias sociales. La mirada atenta percibe la maravilla y la tragedia de lo humano: reconoce las diferencias. Percibe las relaciones, los vínculos entre lo diferente. Hay miradas que perciben tanta diferencia que no reconocen vínculos; pero hay otras que ven tanto vínculo que solo perciben la fusión. La mirada atenta es el prefacio de una poética de los vínculos (poiesis: creación), de una creación de vínculos.Nuestra mirada sobre el otro nos acerca o separa de él. Los estereotipos dificultan la creación de vínculos. Ser mujer, blanca, europea, puede ser una barrera para crear vínculos con comunidades africanas. Hay un marcaje identitario que inicialmente nos separa, pero que se puede superar si reconocemos metas y marcos comunes; es decir, si nos unimos en la acción. En Grigri Projects, junto con SERCADE, se intenta generar vínculos a partir de la fabricación de objetos. Grigri significa amuleto, objeto protector. Con el proyecto se intenta que el vínculo generado sea como ese objeto protector, que ampara. Proyectos como este son un modo de tejer vínculos que puede resistirse a la mirada sistémica, que todo lo atomiza y lo deshumaniza.

¿Somos del lugar del que venimos o del lugar en el que estamos? Nombrarnos, mirarnos, reconocer tareas compartidas es enraizarnos. Necesitamos echar raíces; es decir, necesitamos, desde la horizontalidad de la tierra, tener un poco de cielo. La ausencia de ventanas que nos permitan ver el cielo dificulta la relación y la posibilidad de echar raíces. Los gestos solidarios, las palabras amables, son ventanas que nos abren un poco de cielo en la tierra. Quizá no queramos ver, porque mirar al otro que sufre nos compromete. La desvinculación creciente en nuestras sociedades hace que muchas realidades permanezcan invisibles: ancianos que mueren solos, por ejemplo. La comunidad vecinal estaba atenta a esta realidad, pero se ha perdido ese tejido. La desvinculación entre el «nosotros» y el «vosotros» también favorece estas situaciones cada vez menos visibles. ¿Cómo construir una identidad colectiva que nos rescate del individualismo creciente?

19 de septiembre: San Carlos Borromeo (Entrevías)

Conversación sobre la identidad, con Clara Ramas y Patuca Fernández. Modera Iván Ortega.

La identidad individual y colectiva se construye con otros. Somos quienes somos por nuestras relaciones. Para construir nuestra identidad necesitamos vínculos con otros y con el territorio. Las identidades dogmáticas, nos reducen a una etiqueta, reforzando los estereotipos. Pero hay otro modo de concebir la identidad, que permite, por ejemplo, denunciar políticas deshonestas que maltratan a las personas basándose en esas identidades fronterizas.

Hay que evitar que los uniformes (de policía, el SAMUR, la Cruz Roja…) nos protejan, para que los excluidos «ya no nos den pena». Cuando convertimos los adjetivos en sustantivos, estamos construyendo identidades alteradas: una persona que huye de una guerra es refugiada, pero es otras muchas cosas. Si dijéramos «mueren ahogadas 15 personas en el Mediterráneo» nos interesaría más que si escuchamos «mueren 15 refugiados», porque ya nos hemos acostumbrado a que ocurra. Tampoco hablamos ya de niños o niñas solas, sino de MENAS (a los que asociamos con determinado tipo de noticias). Estas reducciones desactivan nuestra capacidad de conmovernos.

¿Cuál es la identidad de los descartados? En España hay personas que han sido enterradas sin nombre, cuyas muertes no son lloradas. El mar ha entregado sus cuerpos y no nos preocupamos por identificarlos, a pesar de tener medios para hacerlo. Una comunidad también adquiere una identidad llorando a sus muertos, como ocurre en San Carlos Borromeo, una comunidad que lloró a los muertos de la droga y en cada momento, llora a los muertos que va provocando el sistema que excluye.

El neoliberalismo reinante promueve el individualismo, que nos convierte en partículas elementales aisladas. Recuperar los vínculos, construyendo identidades colectivas, es resistir a esta dinámica. La educación en nuestras sociedades se orienta de tal modo que la solidaridad aparece como un añadido, un lastre, pero no como algo esencial, porque lo importante es cuidarse a uno mismo. Esto nos convierte en átomos desvinculados. Algunos pensadores modernos prepararon este escenario, al sostener que se puede llegar a la verdad en soledad.

La migración está abriendo grietas en la autoconciencia europea. No toleramos que los migrantes gocen de nuestro estilo de vida. La ultraderecha se aprovecha de la pérdida de bienestar para fomentar el odio hacia quienes viven en una situación peor que la nuestra. Se deja fuera del «nosotros» a quienes son señalados como una amenaza. El odio se expresa en forma de xenofobia o aporofobia y también de misoginia, pues se promueve una identidad masculina autoritaria. Quienes poseen esta ideología se sienten legitimados, no solo para sentir el odio, sino también para expresarlo. Necesitamos revertir este movimiento, construyendo identidades colectivas basadas en la solidaridad.

Hay que tener cautela y no fomentar que las víctimas construyan su identidad desde la condición de víctima, porque pueden sentirse legitimadas para todo. Habría que salir de la condición de víctima para ser superviviente, porque ser víctima legitima nuestro dolor y puede llevarnos a pensar que también justifica todas nuestras exigencias. Ser víctima de la crisis nos puede llevar a normalizar nuestro odio a las personas negras, a los refugiados, a los MENAS…

Necesitamos transmitir identidades colectivas coherentes, no traicionar nuestra identidad al defenderla. Por ejemplo, Europa traiciona su identidad tratando de protegerse de lo diferente. Ser europeo no es comer a las 12.00 o pagar en Euros. Ser europeo es reconocer los Derechos Humanos universales y el deber de comportarnos fraternalmente. Pero la actual política de fronteras es absolutamente incoherente con esto, de ahí la identidad incoherente de Europa. Salvini es un ejemplo de cómo se intenta defender la identidad cristiana atentando contra los valores cristianos. Hay que recuperar el valor de la hospitalidad, que fue sagrado para la tradición judeocristiana, como la razón compasiva. Una identidad huérfana de coherencia es una puerta abierta a los neofascismos y la ultraderecha.

Los símbolos nos ayudan a crear identidades colectivas, pues vinculan a través de algo que expresa un contenido común. Pero el neoliberalismo se apropia de los símbolos. El Bella Ciao era un símbolo político de rechazo al fascismo que se ha mercantilizado, al incluirlo en una serie. Se dice que se ha politizado la canción, pero en realidad es una canción política que se ha mercantilizado. Esto ha hecho que se desdibuje su capacidad simbólica de vincular a un colectivo que se define por su rechazo a los fascismos.

No hay que olvidar que muchas respuestas a nuestras preguntas vienen del sur. Aprender de sus experiencias nos ayudaría a nombrar nuestras crisis actuales. Abandonando la visión eurocéntrica podremos aprender de miradas más globales. Muchas mujeres de comunidades latinoamericanas preservaron los vínculos tradicionales porque quedaron fuera del sistema. En el sur se aprende en comunidad, pero esto es algo que también estaba en nuestra tradición: lo hacían nuestras abuelas y abuelos. Hay que escucharles, para aprender de sus valores comunitarios.

Hoy se celebran y conmemoran gestos del pasado, actos que se convierten en símbolos de desobediencia, como el de Rosa Parks, que se negó a ceder su asiento a un blanco en el autobús, pero se criminaliza a quienes hoy tienen este tipo de gestos: a quienes, empobrecidos, ocupan lugares que no les pertenecen o saltan una valla. La resistencia y la disidencia actual se criminaliza, mientras se celebra y ensalza la del pasado. Quienes hoy saltan la valla están resistiendo a un sistema que les rechaza injustamente; reivindican lo que es suyo: el respeto al derecho universal del tránsito libre. Hoy Rosa Parks tiene el rostro del subsahariano que salta la valla.

Para terminar, un deseo compartido: deconstruir prejuicios para construir comunidad.

Necesitamos recobrar el sentido común, la solidaridad espontánea, pero para eso hay que perder el miedo a las identidades diferentes. Cuando ya no conocemos ni a nuestros vecinos, es más difícil que haya solidaridad. Dejemos atrás la indiferencia y los prejuicios que alimentan el miedo, para recuperar los vínculos. La burocracia, cada vez más presente, es una barrera, porque sitúa a las personas en un lugar penúltimo: lo importante, la meta última es producir, tener más.

Necesitamos nuevos discursos (políticos, cotidianos, mediáticos), nuevos relatos que nos permitan abrigarnos con palabras que favorezcan el reconocimiento mutuo y la relación, la creación de vínculos personales. Todos tenemos prejuicios, pero podemos vencerlos a través del sentido común y del sentir en común. La creación de vínculos favorecerá que haya un tejido comunitario que evite, o al menos mitigue, las consecuencias de la exclusión. Necesitamos deconstruir los prejuicios, para construir comunidad.

Agradecemos la referencia de Patuca Fernández a este poema de Wislawa Szymborska con el que despedimos el Festival (ojalá que hasta una próxima edición). Habitemos los márgenes, seamos habitantes de las afueras y de los cruces, donde la vida sigue intacta, saltando las fronteras que nos separan.

HAY QUIENES

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y a su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.
Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por dónde.
Ponen el sello en las verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.
Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.
Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto
por la puerta señalada.
A veces los envidio
-afortunadamente se me pasa.

Fotógrafa: Laura Hurtado

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