Deconstruye | La liturgia del vareo
816
post-template-default,single,single-post,postid-816,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-theme-ver-11.0,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.5.5,vc_responsive
 

La liturgia del vareo

@ruralwoman |

Un año más la campaña de la aceituna está llegando a su fin. Andaluces, no solo de Jaén, aceituneros altivos, mujeres y hombres de los que depende la economía familiar acuden  temprano a los olivares, ataviados con ropa cálida y motivos para la esperanza. Durante más de 50 días, los tractores y los Land Rover llenos de cuadrillas procesionan por las embarradas calles del pueblo hasta el tajo recolector y el aroma tan característico del fruto ya maduro, inunda las calles.

Es el olor y el trajín de siempre, en el que nací, aunque nada es igual. Recuerdo a mi abuelo con su mulo y sus alforjas, y a mi tío Rafalico con su Seat 128 disponerse para el día de aceituna. Vestían las camisas de manga larga y los pantalones de pinzas de los domingos que se les iban quedando viejos y que sus mujeres echaban “pal” campo. Hoy el Decathlon ha llegado también al campo y los jóvenes agricultores visten pantalones de trekking, botas reforzadas goretex y sudaderas térmicas. Las nuevas generaciones han abandonado sus posibles carreras o sus trabajos ya consolidados para dedicarse al olivar, convirtiendo lo de siempre en tendencia alternativa, hipster y neorural. El agua embotellada Solán de cabras, el brócoli y el humus, se abren paso entre los chorizos, torreznos, el lomo de orza y la cara de sorpresa de los más tradicionales, que llenan las talegas de matanza.

Mucho antes de extenderse la sensibilidad ecológica, nuestros abuelos ya cuidaban la tierra sabiendo que era el tesoro que les daba de comer y el legado que dejarían a las generaciones venideras. La tierra les permitía vivir y les acogía al morir. Tan inmensa y tan fuerte, soportaba a los hombres sin ni siquiera notar su presencia. Hoy, en cambio, con la maquinaria y las transformaciones técnicas, se labra en pocas horas lo que antes era tarea de semanas enteras, se curan los olivos y se da al terreno la composición que se cree adecuada para el tipo de cultivo previsto. Como dice el filósofo Josep M. Esquirol, “parece que la tierra ha perdido parte de su dureza e inmensidad para convertirse en lo disponible, un recurso a nuestro alcance, una existencia…” ¿Y si nos aproximáramos a la tierra con el respeto de nuestros antepasados? ¿Y si miráramos el mundo, los campos, con los ojos del poeta o del caminante o del pintor?

El arado tradicional no era un mero instrumento, sino, también, algo que contribuía, con los demás instrumentos agrícolas, a una forma de ver las cosas, de revelarse el mundo. Ser aceitunera, agricultor en general, remite a aquellos oficios y parábolas que acontecen en la quietud silenciosa y a aquello que crece en lo oculto, en lo pequeño, en lo insignificante y que constituye una revolución callada…

El trabajo manual consciente tiene también una función liberadora. Mientras que «el artista, el hombre de ciencia, el pensador, el contemplativo, deben traspasar esa película de irrealidad que lo vela (…) quien trabaja manualmente está ya bruscamente en contacto con la realidad del mundo; lo único que debe hacer es procurar no estar tan agotado por el cansancio como para no conseguir mirar y amar: si llega a hacerlo, ama lo real». Así lo manifiesta Simone Weil, conocedora del trabajo de las fábricas, y así lo he experimentado yo durante los años de mi periplo rural.

Hoy me despido con gratitud de este oficio, porque se me ha regalado otra tierra en la que sembrar y crecer. Hoy me despido de Juan, Momadú, Gora, Endiol, Daniel, Moussa y tantos otros, que no nos quitan el trabajo, es más, sin su inestimable labor no sacaríamos el año adelante. Varear conjuntamente y tirar de los pesados fardos al unísono, rompe nuestra exclusividad e incluye a quienes parece que no pertenecen al nosotros. Un árbol, otro y otro… Así hasta que casi anochece y se llena el remolque con el fruto de un trabajo en el que todas las manos son necesarias, en el que todos los cuerpos están igualmente fatigados, hermanados… Ojalá fuéramos capaces de reconocer que todos ellos tienen la misma dignidad, los mismos derechos y el mismo sueño de tener una vida mejor y en paz que nosotros.

No hay comentarios

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies