Deconstruye | La política como guerra: erecciones generales
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La política como guerra: erecciones generales

Olga Belmonte |

Hay campañas electorales que confirman la concepción de la política como una forma (encubierta) de guerra, orquestada por actitudes patriarcales y megalómanas. La guerra se define, entre otras cosas, por su carácter violento, por la negación de las individualidades en nombre de las colectividades y por la suspensión de la moral. La mentalidad patriarcal concibe el liderazgo y la autoridad como un mecanismo de autoelevación ególatra. Esto convierte la política en un espectáculo de erección constante de los candidatos y sus lazarillos, que se excitan con la confrontación y explotan al máximo su masculinidad. No todas las masculinidades tienen estas características, ni todos los que actúan así son hombres, pero en política abunda esta especie. Violencia, narcisismo, populismo, el “todo vale” … muestran solo una cara de la moneda, pero tristemente la más escandalosa y visible.

Cuando todo lo que se respira es la negación de lo diferente, incluso usando una semántica bélica, un lenguaje “de guerrilla”; cuando un partido se autoproclama salvador, entendiendo que todo vale para “liberarnos” asaltando el cielo; cuando lo importante no es tu capacidad para el diálogo, sino con quién no vas a pactar; la política que germina es aquella que necesita de un enemigo para afirmarse y, si no lo tiene, lo inventa. Es la política “contra”, no “para”; una política que destruye y fragmenta lo social, en lugar de construir y tender puentes. Como ciudadanos, podemos atender y dar voz a quienes creen y crean otra política, porque también existe, aunque no sea tan mediática.

La democracia no es un bien en sí, es un medio para alcanzar el bien. Pero ¿cuál es el criterio del bien? La democracia conduce al bien si se mantiene en los límites de la justicia y la utilidad pública. ¿Qué proponen los partidos en este sentido? El hecho de que todo un pueblo esté de acuerdo con una determinada medida no significa que ésta sea ni buena, ni justa: “si una sola pasión colectiva se apodera de todo un país, el país entero es unánime en el crimen” (S. Weil).

Los partidos políticos siembran pasiones colectivas para recolectar votos. El cóctel de odio y mentiras es el fertilizante más rentable y eficaz para abonar el terreno de unas elecciones. Un partido político debería ser un instrumento para hacer realidad una determinada concepción del bien público, pero muchas veces actúa como una maquinaria para llegar al poder, sean cuales sean las armas necesarias: desacreditar al contrincante, cultivar el miedo, generar crispación, difundir mentiras, comprar votos o dejarse comprar a cambio de futuras concesiones…

Velar por el bien público -una tarea siempre por hacer y muy exigente- es una vocación que no todos tienen en política. Frente a ella está la búsqueda de poder, una realidad más palpable y apetecible. Los partidos que juegan a la guerra ahogan los anhelos de bien y de justicia de sus miembros y sus votantes, para lograr una cuota de poder. La disciplina de partido se encargará de apuntalar las conciencias de los elegidos, para que una vez en el poder, no cuestionen lo que dicta la pasión colectiva. Ya seamos políticos o ciudadanos, si no examinamos lo que va en contra de nuestros principios y lo asumimos ciegamente, nos acabaremos sometiendo a un espíritu totalitario. En este sentido, afirma S. Weil que “el totalitarismo es el pecado original de los partidos”.

Cuando como sociedad entramos en este juego de la política como guerra, lo único que importa es “tomar partido”. Ese gesto ha sustituido al esfuerzo de atención y al pensamiento. En las discusiones cotidianas y en los debates televisados, lo importante es que quede clara tu posición, para lanzar desde ella los eslóganes acostumbrados. ¿Por qué no nos detenemos a escuchar la realidad, a ver qué necesitamos realmente como sociedad, para no deshumanizarnos y convertirnos en meros autómatas?

La duda, la atención, el cuestionamiento, la reflexión… quizá no sean muy mediáticas ni acaben siendo carne de tuit, pero nos ayudan a ser más conscientes de lo que vivimos, a medir lo que decimos, a cuestionar lo que leemos y escuchamos; a mirar a la otra persona y ser capaz de ver en ella algo más que una ideología o el partido al que vota. Ojalá la reflexión, la duda, nos animen a desear que la verdad, el bien y la justicia sean el horizonte de todas las elecciones (las políticas y las personales) y de unas políticas públicas consensuadas a través del encuentro y el diálogo.

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