Deconstruye | La seguridad en blanco y negro
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La seguridad en blanco y negro

Luis Aranguren |

Cuando una persona migrante llega a la costa andaluza cruzando el mediterráneo deja atrás una media de dos años de tránsito repleto de miedo, sufrimiento, cuando no de persecución, secuestro y esclavitud. Y el nuevo muro al que se enfrenta proviene de una ley hecha para estrangular la esperanza, de un sopor ciudadano presidido por la mentira de la seguridad entendida como miedo al otro por ser diferente, y por la creencia de que quien viene de fuera se constituye en amenaza para el de dentro.

¿Acaso los de dentro somos presos de nuestras propias amenazas y fantasmas, que provienen de esa certeza que consiste en creer que nuestra identidad es una, pura e intocable? En mi calle, gente conocida; en mi barrio, que no pongan casas de acogida, ¿eh? Así, con chulería. El sistema fabrica seguridades a domicilio, para que cada cual consuma miedo a destajo generando exigencias públicas y privadas en favor del aumento de policía en la calle o de la vigilancia privada.

Deconstruir una ideología tan aberrante como el eurocentrismo, es uno de los desafíos mayores de nuestra cultura, si no queremos que esta misma cultura caiga en las garras de la valla con concertina mental. Este ejercicio exige altura de miras para sopesar realmente por dónde viene la ética que anima al bien vivir en nuestros contextos.

Jóvenes africanos irrumpen cada mañana por nuestras calles y salen a la vida con la moral alta, entrenados para lidiar con la dificultad, sabedores de que esta llegada a la vieja Europa no es el punto de llegada, sino un paso más. Y con todo, siguen caminando. Cada cual a la noche reza a su Dios y recuerda a su familia, y la red de amistad se torna en valor insobornable. Son buscadores de una Ítaca a pequeña escala construida a base de coraje, caminando sobre un alambre.

Estas gentes negras como el tizón nos devuelven una frescura ya perdida en nuestros barrios y nos lavan la cara con la blancura de una bondad que cuesta comprender. La negrura se torna en fuente de luz que alumbra la oscuridad de esta cueva en que hemos convertido Occidente. Deberíamos saborear la extrañeza de la vida vista desde el otro lado del Mediterráneo y entender que determinada gente hace de su exilio una posibilidad de reencontrarnos unos y otros en nuestra casa común.

Existe una seguridad eurocéntrica, hecha de alambres, temores y expulsiones, que defiende su bienestar a costa de malvivir; y una seguridad como valor ético, que se construye en la convivencia intercultural en una atmósfera de confianza. Es la amistad cívica la que nos salvará de la indiferencia y de la hostilidad hacia el otro diferente. Seguridad no rima con ley sino con dignidad de la persona. Por eso ningún ser humano es ilegal y todas y todos cabemos aquí, porque somos de aquí y de allá. Solo somos seres humanos.

La seguridad en la convivencia pasa por acoger a quienes facilitan un mestizaje cordial y pacífico. ¿Cómo podemos explicarnos que personas que provienen de la esclavitud y la violencia sin límites aún sonrían y le echen ganas a la vida? A mí me cuesta comprenderlo. Y no me cabe otra cosa que rendirme a la evidencia de que con estos compañeros y compañeras de camino me siento seguro.

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