Deconstruye | Lita Cabellut: la pintura del desgarro
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Lita Cabellut: la pintura del desgarro

Olga Belmonte |

Los retratos de Lita Cabellut poseen una enorme fuerza narrativa: son capaces de contar su propia historia; son ventanas a unas vidas que, siendo enigmáticas, quedan a la intemperie, para quien quiera mirarlas. Cuando fui a la inauguración de la exposición La victoria del silencio (Zaragoza, febrero de 2019), una de esas miradas vino ya bautizada para mí: era Rosa; y traía una historia: la que leí en La vida ante sí, de Romain Gary. La mujer que la artista pintó en los cuadros titulados “La burla del reflejo” y “La esquizofrenia de la pobreza” me hizo recordar párrafos de la desgarrada vida de Rosa, que cada año leo a mis alumnos de filosofía.

Gary recrea en esta novela la crueldad de un mundo en el que los prejuicios y la desconfianza construyen y erosionan las relaciones. El protagonista es Momo, un niño que vive en condiciones de miseria y que descubre quién es a través de la mirada ajena. Por ejemplo: no sabía qué significaba ser árabe hasta que no le trataron de un modo diferente (le insultaron en la escuela) por serlo. Momo descubre que se puede ver y recorrer el mundo de la mano de un anciano ciego, pobre y sabio (me pareció ver su rostro en “Kumba”, otro de los retratos de la artista). El joven comprende que es posible encontrar un hogar en los brazos de una madre adoptiva prostituta, superviviente de Auschwitz (ésta es Rosa); entiende que te puede enseñar el amor más profundo y generoso una travesti exboxeadora; y también descubre que nacer en una familia musulmana no impide que puedas ser educado como judío.

Desde la mirada normativa, que todo lo iguala y recorta, todo esto serían paradojas inaceptables; pero una mirada libre reconoce que esto es la vida y no lo que intentamos hacer con ella al controlarla y maquillarla. Creo que el arte y la filosofía (la “y” es fundamental) permiten tener y ensayar una mirada nueva, que humanice nuestras relaciones y nos comprometa con el mundo. Esta sensibilidad se percibe también en la obra de Lita Cabellut y en su modo de entender el arte.

Podemos decir, con Levinas, que hasta el siglo XX, el pensamiento occidental se ha ocupado del desencuentro entre el ser humano y el mundo, pero se ha olvidado de algo más originario: el desgarro interior. Es una especie de luxación del yo que hace que no se reconozca a sí mismo, o que se viva en un continuo exilio: anclado a este mundo, pero con deseos que no son de este mundo (como la nostalgia de un país en el que no nacimos). ¿Quién no ha sentido alguna vez que su vida interior estaba dislocada, que no encontraba su lugar?

No reconocemos ese desgarro, porque hacerlo nos recuerda que somos frágiles, vulnerables, que somos nuestras miserias y no solo nuestra grandeza. Reconocerlo es sabernos interdependientes, saber que nos necesitamos. La autosuficiencia es una meta falsa y nociva, porque somos esencialmente dependientes (no en el mal sentido que le damos normalmente). Pero continuamente nos llega el mensaje de que hay que hacer todo por uno mismo, sin necesitar a nadie.

En los rostros de la exposición encontré ese desgarro y la valentía de pintarlo. Veo en el retrato de quien, para mí, ya es Rosa, un cuerpo que remite inevitable y misteriosamente a la vida interior que lo habita y lo agita. Creo que es eso lo que nos puede salvar de la deshumanización: mirarse en el espejo y reconocer que somos algo sagrado, precisamente en lo que tiene de extraño al mundo y de frágil. Ese mirarse al espejo para reconocerse se aprende mirándonos antes en los ojos ajenos y encontrándonos realmente en ellos. Nuestra tarea no es dominar el mundo (sometiendo a otros) y ponerlo a nuestro servicio, sino reconocer y asumir quiénes somos, acoger nuestras paradojas y acompañarnos en el camino de la vida, siendo morada unas para otras.

La burla del reflejo | Lita Cabellut

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